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14
de febrero de 1998
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Éste
es el último artículo escrito para EL PAÍS por Francisco Tomás
y Valiente. Fue publicado el día siguiente a su muerte –el 15
de febrero de 1996– y de nuevo en el segundo aniversario. En
él analiza cómo los asesinos de ETA, con el tiro en la nuca,
lo que persiguen es socavar la legitimidad del Estado democrático. |
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Se
ha escrito tanto contra la razón de Estado que pudiera pensarse
que, suprimida ésta, al Estado no le queda ninguna para defender
su necesidad y para, por tanto, subsistir. Eso es lo que desean
y lo que persiguen con el tiro en la nuca sin piedad los enemigos
del Estado, de este Estado. Urge hablar de otra u otras razones
del y de este Estado.
En el siglo XVII se contraponían la mala y la buena razón de Estado.
Aquélla revestía la forma del sometimiento de la moral a la fama
del Príncipe, a la reputación de la Monarquía o a cualquier otra
divinización del poder como realidad sustantiva. Frente a ella,
los teóricos de la Contrarreforma esgrimían lo que llamaban la buena
razón de Estado, consistente en la subordinación del poder y sus
instrumentos en defensa de la moral y el derecho natural, de la
verdadera fe, de la Iglesia católica. Ahora los nombres y las razones
han cambiado, pero la contraposición entre ellas subsiste porque
el Estado continúa siendo un instrumento necesario y legítimo.
La mala razón de Estado, su sinrazón, lo que le hace perder su legitimidad,
es la divinización o satanización del poder: la voluntad de poder,
su sustantivización, el sometimiento de todo a su conservación por
parte de quienes lo tengan, y el todo vale desde él en la
persecución de fines legítimos o ilegítimos. Contra esta mala razón
de Estado estamos todos los demócratas conscientes, quienes entendemos
como únicos valores sustantivos los del hombre individual y sus
derechos a la vida, a la paz, a la libertad y los de ellos derivados.
Pero hay que decir enseguida que, para lograr o no perder estos
valores y derechos, el Estado es imprescindible, es instrumento,
pero instrumento necesario, de manera que, si se destruye, nos quedamos
sin los objetivos que lo legitiman y que constituyen su razón de
ser, la buena razón de Estado.
Aquí y ahora, en este Estado que se construyó en y desde la Constitución
de 1978 y en la sociedad que lo sustenta y lo necesita, estamos
incurriendo en determinadas tentaciones cuyo triunfo definitivo
podría determinar la destrucción de aquél y que ya están produciendo
su descrédito y debilidad.
La primera tentación contra el Estado es el olvido de su legitimidad
y de sus límites, es decir, la utilización del poder para, luchando
contra los terroristas, emplear sus mismos métodos, sus crímenes.
El mayor enemigo del Estado es la mala razón de Estado. Hay, pues,
que perseguir a quienes hayan caído en ella. Pero al hacerlo, tarde
y escandalosamente, se ha incurrido en la tentación de destruir
gran parte del aparato del poder estatal legítimo, en la desmoralización
de buen número de sus agentes, en la desaparición de alguna de sus
piezas imprescindibles para luchar contra los terroristas y en el
descrédito del Estado, dentro y fuera de sus fronteras. La mala
razón de Estado y el torpe desenmascaramiento de sus crímenes, sin
el cuidado en el aislamiento de quienes hayan vulnerado la ley desde
el Estado y sin la discreción judicial y periodística como cautela
y garantía de derechos, se han unido en la producción de los efectos
que ahora padecemos, de manera que a la tentación de la mala razón
de Estado se ha unido la autodestrucción como apéndice perverso.
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La
segunda tentación consiste en la fragmentación interna de las fuerzas
políticas demócratas en su necesario frente común, desde el Estado,
contra los criminales del terror. Se había avanzado mucho en este
camino: en poco tiempo se ha desandado casi todo el trecho recorrido.
Si los nacionalistas no violentos se sienten más nacionalistas que
otra cosa; si toleran en silencio quemas o entierros de la Constitución;
si repitieran palabras de comprensión hacia los terroristas
encarcelados o en libertad por su intencionalidad política; si
unos y otros, en el País Vasco y fuera de él, alimentaran no la
colaboración entre las respectivas fuerzas policiales, sino la desconfianza
y rivalidad entre ellas; si se callara que la sociedad vasca ha
ganado ya, con las insuficiencias y los discutibles incumplimientos
que puedan aún señalarse, las libertades y el autogobierno cuya
insatisfacción puede haber significado desde el siglo pasado la
injusticia histórica que algún comprensivo prelado recuerda oportune
et importune; si la defensa del cumplimiento total de las condenas
se esgrime como equívoca arma de campaña electoral; si la necesidad
de la unión entre los demócratas (nosotros) frente a ETA (ellos)
se proclama sólo en los entierros de cada última víctima; si todo
eso continúa pasando, estaremos cayendo en la tentación de la fragmentación
interna, para desgracia de demócratas y alegría y fortalecimiento
de los terroristas.
La tercera tentación, o tal vez la primera en el orden cronológico,
es el abandono de la calle. La tolerancia mal entendida respecto
a lo que algunos llamaban problemas juveniles de la sociedad vasca
está desembocando en el triunfo del terror en las calles de las
ciudades de Euskadi. Y la calle es símbolo y realidad del Estado,
escenario de libertades, ámbito de la paz y la seguridad de los
ciudadanos. O todo lo contrario. Si se pierde la calle, se pierde
todo. Que nadie discuta esto, porque los primeros en saberlo son
ellos. No se trata de evaluar en pesetas los autobuses incendiados,
las cabinas telefónicas destruidas o los daños producidos en establecimientos
bancarios y comerciales. El daño es cualitativamente otro: es la
pérdida de la paz. Y como la paz es el fin primario del Estado,
si se pierde ésta, se pierde aquél y se regresa a la guerra de todos
contra todos, cuya versión actual es la persecución armada de unos
pocos contra la inmensa mayoría. No basta con decir estas cosas:
pero el silencio es deshonesto antes y después de la muerte del
último hombre asesinado. Del último hasta hoy. Es necesario reflexionar
sobre estas tres tentaciones para no seguir cayendo en ellas. Si
el espíritu de enmienda prosperara, se podría, desde él, discutir
cuáles son los instrumentos legales que el Estado necesita y proveerse
de ellos. Pero si se pierde la convicción en la propia legitimidad,
en la buena razón del Estado, lo demás es imposible. Los especialistas
en tentaciones y pecados suelen clasificar éstos y disculpar algunas
de aquéllas. Todos hemos dicho alguna vez que hay tentaciones inventadas
para caer en ellas, lo cual puede ser cierto respecto a las de la
carne, pero no a propósito de las aquí comentadas. En ellas nos
va la vida, la del Estado que necesitamos y la nuestra individual,
porque cada vez que matan a un hombre en la calle (y esto no es
una metáfora, como diría el cartero de Neruda) nos matan un poco
a cada uno de nosotros.
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