PREMIO 1999|
MANUEL VICENT
'Son
de mar'
MIGUEL
GARCÍA-POSADA
El esplendor de la vida, la exaltación de los sentidos
y la tradición hedonista de la cultura mediterránea han
vertebrado siempre el mundo narrativo de Manuel Vicent,
desde su primer título (Pascua y naranjas) y esta
nueva novela, que recibió el último Premio Alfaguara,
dista de ser una excepción al respecto. El novelista,
que en los últimos años sorprendió gratamente con sus
novelas memoriales Tranvía a la Malvarrosa y Jardín
de Villa Valeria, ha decidido fabular en esta ocasión
una historia de amor absoluto, de amor-pasión (por emplear
la conocida fórmula de Stendhal) y exaltación de las fuerzas
de la naturaleza que alientan tras de él.
Personas y paisaje -el paisaje levantino y mediterráneo
localizado en un pequeño pueblo de la costa- se imbrican
en esta historia, que narra el luminoso y fatal destino
de dos amantes, Martina y Ulises Adsuara. El nombre del
protagonista es, obviamente, arquetípico y mitológico,
pero el texto ensancha y enriquece la referencia inicial.
Profesor de griego en el instituto de la localidad, irá
cambiando gradualmente su vocación helenística por la
vocación del mar y de la aventura y, finalmente, por la
sumisión al destino del amor fatal. Será marinero y náufrago,
volverá a su Ítaca particular y concluirá sus días quemado
por el sol del Mediterráneo y por el otro sol, más poderoso,
de la pasión devoradora. No es un Ulises de cartón piedra,
pues sobre las cuadrículas del mito el narrador ha introducido
las variaciones suficientes para concederle autonomía
propia. Éste es un Ulises dos veces náufrago y para siempre.
Tal tratamiento del mito no es nuevo en el autor; recuérdese
su Balada de Caín.
Vicent ha ideado una estructura circular para alojar y
conducir el contenido de su narración. El lector conoce
pronto el final de la historia -si bien la conoce de un
modo que no defrauda sus expectativas- y acompaña al narrador
en su despliegue, desenvolvimiento y desenlace. Historia
de amor y de mar, donde tanto como lo que se cuenta importa
la detallada anotación del paisaje, la subrayada insistencia
en la hermosa inmediatez del mundo. De ahí esa reiterada
presencia de "la peste del azahar", esto es, del reinado
sistemático del perfume de la naturaleza y sus turbadores
efectos sobre quienes lo padecen. (Algo similar cabe decir
del olor de la miel). Es esta demorada contemplación del
mundo la que soporta los valores más duraderos de la novela,
que hasta cierto punto cabría considerar como una especie
de texto poemático sobre el universo levantino y mediterráneo,
en la tradición de escritores coterráneos, pero no localistas,
como Azorín y Gabriel Miró. Incluso la deliberada presencia
de lo cruel y de lo feo podría relacionarse con algunos
textos del último. Relaciones estas que no se pretenden
genéticas, sino que buscan establecer concordancias no
gratuitas.
La novela rinde tributo a la poética del realismo mágico.
La espectacular aparición inicial de los cadáveres de
los amantes en la playa -él vestido de novio, ella circundada
de flores y de algas-, la condición inexplicable de un
episodio central como el primer naufragio del protagonista
y de algunas otras secuencias (la incruenta reacción del
náufrago a las heridas, el retablo de iglesia convertido
en gallinero y en faro de navegantes a la vez, el jardín
transformado en arboleda de mariscos), la peste del azahar,
el intenso olor a miel, las descripciones de las recurrentes
uniones amorosas, las hipérboles expresivas, la intervención
coral del pueblo en la trama, incluso ciertos fraseos,
nos orientan hacia el ámbito de esta poética, a la que
también pertenece el tono narrativo omnisciente que adopta
el relator de la historia. Uno recuerda ciertas coloraciones
e ideaciones de algunos títulos de García Márquez, como
El amor en los tiempos del cólera, por más que
las diferencias sean profundas. De hecho, hacia el final
de la novela se produce una especie de oblicua confesión,
cuando el narrador señala "que todo el mundo consideraba
que había algo mágico en aquella tragedia".
Fábula de amor, pero de un amor ejemplar, que recrea el
viejo tema del amor total, el que sólo admite la muerte
como desenlace. No otro sentido parecen tener los lemas
entre filosóficos, líricos y narrativos que se colocan
a la cabeza de ciertos capítulos y que van señalando la
dirección de la historia y su sentido. En esta línea,
las frecuentes invocaciones clásicas (citas de Homero,
Virgilio, Horacio) buscan situar el relato sobre la tradición
pagana y hedonista del amor y los navegantes en la cultura
mediterránea. El narrador habla desde una posición todopoderosa,
que en ocasiones puede fagocitar la mirada al interior
de los personajes; posición a veces también irónica y
que no siempre facilita el modelado más oportuno de algunos
tipos secundarios. Pero sobre estas posibles carencias
se yergue soberana la prosa del escritor, bellísima y
novedosa, que las compensa con creces, aunque desde el
punto de vista del análisis narrativo las observaciones
apuntadas no sean insustanciales, y dan como resultado
un texto brillante, plástico, potente de pulsiones y de
alientos.
Si calificáramos de lírica a esta novela, seguramente
no la definiríamos con precisión, pero tampoco habríamos
errado por completo. Porque son la belleza del universo
representado, la ensimismada historia de la pasión, el
esplendor de la prosa y la utilización poemática de los
lemas -poemática en su propia disposición formal, de tipo
versicular- los que se suman y funden hasta dejar en el
lector la imagen de una fábula ejemplar y hasta cierto
punto intemporal. Lo lírico no es categoría ajena a estas
consideraciones.