Por Carmen Pérez-Lanzac
Fotografías de Carlos Carrión y Carles Ribas
Un autobús
con dirección a Praga. Ángel es uno
de sus 55 ocupantes. El asiento de al lado va vacío.
Delante viajan dos amigos. No conoce a nadie más.
Por delante quedan 2.340 kilómetros de paradas
rápidas, charlas y cabezadas incómodas.
"En el autobús se sentía expectación
y tensión". Tienen dos días para
darles forma a los nervios.
En septiembre del año pasado, más de
un millar de españoles cruzaron media Europa
hasta llegar a la República Checa. Iban a protestar
contra la cumbre del Fondo Monetario Internacional
y el Banco Mundial. Ángel estudia Sociología.
No pertenece a ninguna asociación: "No
soy activista. No me siento bien en un movimiento
así". Pero quiso poner su grano de arena:
"Pensé: 'Voy a contribuir'. Era una oportunidad
para ayudar. Y cuanta más gente, mejor".
En total, Praga reunió a 10.000 manifestantes
antiglobalizadores. Ellos apostillan: "Económica.
Antiglobalización económica". Les
une un sentimiento: aversión hacia el capitalismo
neoliberal. Lo consideran amoral e injusto; culpable
de las desigualdades tanto dentro de los países
como entre ellos. Ése es el denominador común.
Su enfado tiene cifras.
Salen en los titulares de los periódicos: "Amnistía
denuncia que 1.300 millones de personas sobreviven
con 200 pesetas diarias". "La Ayuda Oficial
al Desarrollo española alcanza su punto más
bajo (0,23%), pese al aumento del PIB". "La
Comisión Europea anuncia que en 2015, sólo
uno de los 49 países más pobres habrá
mejorado". "El stock de deuda supone el
75% del PNB de los países deudores". Y
apuntan con el dedo: la globalización promueve
estas diferencias. No es la opinión de todo
el mundo. Hace poco, la OMC advertía que si
no se liberaliza más el comercio mundial, "se
estancará la economía". Emilio
Ontiveros, catedrático de Economía de
la Empresa en la Autónoma de Madrid, prefiere,
en vez de globalización, hablar de "integración".
Está a favor: "Obliga a los países
industrializados a abrirse. A que las posibilidades
de comercio, de movimiento de capitales y de personas
sean mayores". Pero cree que ha faltado acompañarla
de supervisión internacional.
Ana Párraga
tiene 48 años, pero no los aparenta. Su vida
ha sido un tránsito de sindicato en sindicato.
Ahora es delegada de la CGT y se define como anarcosindicalista.
También estuvo en Praga. Llevaba casi un año
esperando una ocasión así, desde que
vio por televisión la que se armó en
Seattle contra la cumbre de la Organización
Mundial de Comercio.
Ángel y Ana
estuvieron en el mismo sitio a la misma hora. Pero
cada uno lo recuerda a su manera. "El ambiente
no era de fiesta. Nos levantábamos pronto.
Íbamos al INPEG (Iniciativa contra la Globalización
Capitalista, el centro desde donde se coordinó
todo). Había charlas, talleres, asambleas.
Nos daban reglas de seguridad. Sentimos la represión.
Había más policías que manifestantes".
Éste es Ángel.
"El sistema era
por asamblea. Las había de 1.500 personas.
Recuerdo aquella en la que se decidió cómo
íbamos a actuar: tres líneas. Una amarilla,
para bloquear la entrada y salida al Centro de Congresos,
donde estaban reunidas las instituciones. Una rosa,
para despistar a la policía. Y la azul: ellos
tenían que intentar entrar en el edificio por
todos los medios". Ésta es Ana; los dos
estuvieron en la línea amarilla.
Seattle, diciembre
de 1999. Unos 50.000 manifestantes toman la ciudad.
Fue el detonante. "Cuando vi lo de Seattle, me
gustó porque fue espontáneo. Unió
a gente que tenía cosas en común contra
el capitalismo. Antes, la crítica estaba dispersa",
cuenta Ángel. "Ellos soltaron el relevo.
Y había que cogerlo". Washington, Melbourne,
Praga, Niza, Davos, Porto Alegre
Barcelona iba
a ser la siguiente. ¿El motivo? Una reunión
académica del Banco Mundial (BM) sobre desarrollo.
Debía comenzar mañana, pero decidieron
suspenderla. Temían las algaradas de la calle.
"En el pasado, la gente quemaba libros para ejercer
presión respecto de la libertad académica;
ahora tratan de impedir que los académicos
lleguen a las salas de reunión", anunció
y denunció Caroline Anstey, portavoz del BM.
¿Era para tanto?
¿Tanto como para que el BM suspenda una reunión
que llevaba preparando meses? ¿Quiénes
son los antiglobalizadores españoles?
Campaña contra el Banco Mundial Barcelona 2001.
Ésa es la plataforma que se había montado
para organizar las nuevas protestas. Barcelona iba
a ser el bautizo, la presentación en sociedad,
y a lo grande, de lo que es el movimiento antiglobalización
en España. En ella hay más de 300 organizaciones:
ecologistas, sindicalistas, feministas, partidos políticos,
cristianos de base, asociaciones de vecinos, universitarios.
La noticia de la cancelación la recibieron
como una victoria: "Se rinden". "No
pasarán". "Hemos ganado". Los
mensajes que se mandaban por Internet reflejaban su
entusiasmo. "Imagínate que eres un boxeador.
Vas a enfrentarte a un adversario un día D
a una hora H; llega el día, la cancha está
llena. Dos minutos antes de que suene la campana para
comenzar el combate, tu contrario tira la toalla y
se retira. ¿Lo considerarías una victoria?
El capitalismo sigue vivo y fuerte, pero estamos consiguiendo,
por lo menos, desenmascararlo y mostrar sus verdaderas
intenciones". Así lo siente Ana Párraga
y la mayoría.
La Campaña Contra
el Banco Mundial tiene un embrión: la consulta
social por la abolición de la deuda externa.
Esos que durante las pasadas elecciones plantaron
el chiringuito al lado de las urnas para que quien
quisiera, además de elegir presidente, votara
también por la abolición de esta deuda.
Se llevó a cabo en toda España. Y para
comunicarse desarrollaron una red por Internet. La
misma que luego sirvió para organizar los viajes
a Praga y que han seguido usando para coordinar la
actual plataforma.
Pero no todos los antiglobalizadores
españoles están en esta campaña.
A algunos no les gusta. "La rechazamos porque
atiende a directrices de partidos políticos
y sigue la misma línea globalizadora y capitalista".
El que habla es un chico anarquista. Casi todos los
anarquistas opinan lo mismo. Sin embargo, la plataforma
ha conseguido aglutinar a la mayoría. Se coordina
desde Barcelona, pero tiene, por llamarlo de alguna
manera, secciones en todo el país. Si se les
pregunta por su jefe o líder, no contestan.
Nada de jerarquías, y ¡ay del que intente
ir de protagonista! Las decisiones las toman en asambleas.
La prueba: a la primera reunión para elaborar
este reportaje se presentaron nueve personas para
opinar sobre cómo abordar el asunto, y dedicaron
la primera media hora a establecer un turno de palabra,
porque entre ellos nadie habla por nadie. Cada uno
es su propio portavoz. Por lo pronto, este sistema
les ha servido para preparar su Contraconferencia
en Barcelona, que han llevado adelante a pesar de
la anulación del BM y que consiste en más
de 30 talleres sobre temas como la inmigración,
los medios de comunicación, la democracia
Pero algo no cuadra.
¿Por qué, si hay tanta gente descontenta
con el sistema, triunfan políticos como Berlusconi,
Bush y Sharon, claramente conservadores? Ángeles
Maestro responde. Es su área; pertenece a Izquierda
Unida y ha sido uno de sus rostros más visibles
en lesgislaturas pasadas. "Es un movimiento en
construcción que rompe con la tendencia de
fragmentación de la izquierda que venía
impidiendo hacer frente a las políticas ultraliberales.
Es un movimiento que se va haciendo en la lucha y
en el debate. Es un embrión que está
ahí y que fructificará en algo efectivo
que cambie el mundo".
El perfil medio de los antiglobalizadores no es el
de un joven descerebrado con ganas de armar bronca.
Ni son alocados ni tienen tantas ganas de líos.
Dicen que lo que quieren es cambiar un mundo injusto.
Vale, dirán muchos. Eso lo queremos todos.
Pero ¿por qué focalizan ese odio en
las instituciones internacionales? "Son la cara
visible de esta injusticia. La columna vertebral del
capitalismo mundial. Financian su expansión.
Y su poder está legitimado por razones como
la deuda externa. Para mí es al revés.
Tenemos una deuda moral y económica con ellos".
Ángel habla por él, pero sintetiza lo
que piensan casi todos. Otra explicación: "Los
países del Norte presionan a los del Sur a
través de estas instituciones para que adopten
su modelo. Tienen que privatizar, liberalizar el comercio,
reducir los presupuestos sociales. Hay países
que lo hacen y baja el nivel de vida", dice Andreu,
miembro de la campaña, que tiene 25 años
y vive en Barcelona.
¿Más
concreto? Maite Serrano, de 35 años, pone el
ejemplo de Ecuador: "Un país del que en
1999 emigraron un millón de personas. Su producto
interior había caído un 7%. La inflación
había aumentado un 60%. El paro, un 50%. Acudieron
al Banco Mundial. Les dieron un préstamo: 450
millones de dólares (87.000 millones de pesetas).
Mucho dinero, pero con condiciones: cumplir las reformas
económicas que les recomienda el FMI. Es decir:
dolarizar la moneda, flexibilizar su mercado laboral,
privatizar varias compañías, conceder
permisos de oleoductos a firmas extranjeras. Y que
cumplan con sus obligaciones de deuda externa. Traducido
en cifras: en 2000, este pago supuso el 54% de los
gastos del Gobierno. Ese año, los gastos sociales
fueron del 2%".
Maite da más datos: El Banco Mundial es propiedad
de 182 países. Su reparto de votos es el siguiente:
14 países africanos suman el 2%. Estados Unidos,
el 17%. Si se añaden Alemania, Francia, Japón
e Inglaterra, un 40%. Las decisiones las toman ellos;
no es democrático. La Fundación Ecología
y Desarrollo ha analizado quién detenta más
poder. Las conclusiones son llamativas: de los 40
entes más poderosos del planeta, casi la mitad
son empresas. El valor bursátil de General
Electric (312.000 empjkleados) supera el PIB de la
India (970 millones de habitantes). Las cien mayores
compañías suman unos ingresos anuales
superiores al producto interior de la mitad de los
países del mundo.
Los antiglobalizadores
ven peligro en esa tendencia. Pero son optimistas.
"Ahora tenemos una de las mejores oportunidades
para cambiar la sociedad desde hace 30 años",
dice Luke, un profesor de inglés de 31 años.
Cree firmemente que lo que hacen "puede llevar
a conseguir victorias". Pero, como todos, sabe
que queda mucho por delante. Y que antes es necesario
que se genere un debate social. Y que les tomen en
serio. Para ello, tienen un objetivo: quitarse de
encima el sambenito de violentos que les descalifica.
"Estamos hartos de que nos criminalicen".
Lo dicen constantemente. Todos. Les preocupa que la
gente crea que son guerrillas urbanas y que los medios
de comunicación se queden sólo con las
piedras y los porrazos, una imagen con la que no se
sienten identificados. Alguno, además, lanza
la pregunta: "¿Qué es más
violento, el apedreamiento esporádico de un
McDonald's en el transcurso de una manifestación
de protesta, o el hecho de que en este planeta muera
de hambre un ser humano cada segundo?".
Han conseguido que
se hable de ellos. Pero el debate se presenta difícil.
El próximo encuentro de la OMC será
en Qatar, un minúsculo y cerrado país
al que no podrán llegar los manifestantes.
Guillermo de la Dehesa, presidente del Centro de Investigación
de Política Económica y del Observatorio
del Banco Central Europeo, sí cree en el diálogo,
aunque ve difícil hacerlo con todos. Diferencia
cuatro tipos de antiglobalizadores: 1) Aquellos que
quieren acabar con el capitalismo. "Hay poco
que hablar con ellos. Es el sistema menos malo de
los que hemos vivido". 2) Los que ven su trabajo
amenazado por los países menos desarrollados.
"Protestan para defender sus derechos".
3) El caso Bové. Defienden una agricultura
no competitiva, subvencionada. "La agricultura
tradicional europea que evita el desarrollo del Tercer
Mundo". 4) Los que piensan que la globalización
es un proceso más o menos positivo que hay
que reformar. "Con ésos hay que contar
y discutir. Lo peor es la bunquerización".
Pero no están dispuestos a fragmentar el diálogo.
O todos o ninguno. "A ellos les une el dinero
y los intereses. A nosotros, un sentimiento. Y aunque
seamos muchos y diferentes, está por encima",
dice Ana Párraga.
Génova es la próxima cita: una reunión
del G8. Será en julio. Ya tienen los ojos puestos
en ella. Habrá más autobuses, nervios
y tensión. Pero, de todos modos, irán.
Como su sombra.