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Reportaje publicado en EPS el domingo, 24 de junio de 2001

Por Carmen Pérez-Lanzac
Fotografías de Carlos Carrión y Carles Ribas

Un autobús con dirección a Praga. Ángel es uno de sus 55 ocupantes. El asiento de al lado va vacío. Delante viajan dos amigos. No conoce a nadie más. Por delante quedan 2.340 kilómetros de paradas rápidas, charlas y cabezadas incómodas. "En el autobús se sentía expectación y tensión". Tienen dos días para darles forma a los nervios.

En septiembre del año pasado, más de un millar de españoles cruzaron media Europa hasta llegar a la República Checa. Iban a protestar contra la cumbre del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Ángel estudia Sociología. No pertenece a ninguna asociación: "No soy activista. No me siento bien en un movimiento así". Pero quiso poner su grano de arena: "Pensé: 'Voy a contribuir'. Era una oportunidad para ayudar. Y cuanta más gente, mejor". En total, Praga reunió a 10.000 manifestantes antiglobalizadores. Ellos apostillan: "Económica. Antiglobalización económica". Les une un sentimiento: aversión hacia el capitalismo neoliberal. Lo consideran amoral e injusto; culpable de las desigualdades tanto dentro de los países como entre ellos. Ése es el denominador común.

Su enfado tiene cifras. Salen en los titulares de los periódicos: "Amnistía denuncia que 1.300 millones de personas sobreviven con 200 pesetas diarias". "La Ayuda Oficial al Desarrollo española alcanza su punto más bajo (0,23%), pese al aumento del PIB". "La Comisión Europea anuncia que en 2015, sólo uno de los 49 países más pobres habrá mejorado". "El stock de deuda supone el 75% del PNB de los países deudores". Y apuntan con el dedo: la globalización promueve estas diferencias. No es la opinión de todo el mundo. Hace poco, la OMC advertía que si no se liberaliza más el comercio mundial, "se estancará la economía". Emilio Ontiveros, catedrático de Economía de la Empresa en la Autónoma de Madrid, prefiere, en vez de globalización, hablar de "integración". Está a favor: "Obliga a los países industrializados a abrirse. A que las posibilidades de comercio, de movimiento de capitales y de personas sean mayores". Pero cree que ha faltado acompañarla de supervisión internacional.

Ana Párraga tiene 48 años, pero no los aparenta. Su vida ha sido un tránsito de sindicato en sindicato. Ahora es delegada de la CGT y se define como anarcosindicalista. También estuvo en Praga. Llevaba casi un año esperando una ocasión así, desde que vio por televisión la que se armó en Seattle contra la cumbre de la Organización Mundial de Comercio.

Ángel y Ana estuvieron en el mismo sitio a la misma hora. Pero cada uno lo recuerda a su manera. "El ambiente no era de fiesta. Nos levantábamos pronto. Íbamos al INPEG (Iniciativa contra la Globalización Capitalista, el centro desde donde se coordinó todo). Había charlas, talleres, asambleas. Nos daban reglas de seguridad. Sentimos la represión. Había más policías que manifestantes". Éste es Ángel.

"El sistema era por asamblea. Las había de 1.500 personas. Recuerdo aquella en la que se decidió cómo íbamos a actuar: tres líneas. Una amarilla, para bloquear la entrada y salida al Centro de Congresos, donde estaban reunidas las instituciones. Una rosa, para despistar a la policía. Y la azul: ellos tenían que intentar entrar en el edificio por todos los medios". Ésta es Ana; los dos estuvieron en la línea amarilla.

Seattle, diciembre de 1999. Unos 50.000 manifestantes toman la ciudad. Fue el detonante. "Cuando vi lo de Seattle, me gustó porque fue espontáneo. Unió a gente que tenía cosas en común contra el capitalismo. Antes, la crítica estaba dispersa", cuenta Ángel. "Ellos soltaron el relevo. Y había que cogerlo". Washington, Melbourne, Praga, Niza, Davos, Porto Alegre… Barcelona iba a ser la siguiente. ¿El motivo? Una reunión académica del Banco Mundial (BM) sobre desarrollo. Debía comenzar mañana, pero decidieron suspenderla. Temían las algaradas de la calle. "En el pasado, la gente quemaba libros para ejercer presión respecto de la libertad académica; ahora tratan de impedir que los académicos lleguen a las salas de reunión", anunció y denunció Caroline Anstey, portavoz del BM.

¿Era para tanto? ¿Tanto como para que el BM suspenda una reunión que llevaba preparando meses? ¿Quiénes son los antiglobalizadores españoles?
Campaña contra el Banco Mundial Barcelona 2001. Ésa es la plataforma que se había montado para organizar las nuevas protestas. Barcelona iba a ser el bautizo, la presentación en sociedad, y a lo grande, de lo que es el movimiento antiglobalización en España. En ella hay más de 300 organizaciones: ecologistas, sindicalistas, feministas, partidos políticos, cristianos de base, asociaciones de vecinos, universitarios. La noticia de la cancelación la recibieron como una victoria: "Se rinden". "No pasarán". "Hemos ganado". Los mensajes que se mandaban por Internet reflejaban su entusiasmo. "Imagínate que eres un boxeador. Vas a enfrentarte a un adversario un día D a una hora H; llega el día, la cancha está llena. Dos minutos antes de que suene la campana para comenzar el combate, tu contrario tira la toalla y se retira. ¿Lo considerarías una victoria? El capitalismo sigue vivo y fuerte, pero estamos consiguiendo, por lo menos, desenmascararlo y mostrar sus verdaderas intenciones". Así lo siente Ana Párraga y la mayoría.

La Campaña Contra el Banco Mundial tiene un embrión: la consulta social por la abolición de la deuda externa. Esos que durante las pasadas elecciones plantaron el chiringuito al lado de las urnas para que quien quisiera, además de elegir presidente, votara también por la abolición de esta deuda. Se llevó a cabo en toda España. Y para comunicarse desarrollaron una red por Internet. La misma que luego sirvió para organizar los viajes a Praga y que han seguido usando para coordinar la actual plataforma.

Pero no todos los antiglobalizadores españoles están en esta campaña. A algunos no les gusta. "La rechazamos porque atiende a directrices de partidos políticos y sigue la misma línea globalizadora y capitalista". El que habla es un chico anarquista. Casi todos los anarquistas opinan lo mismo. Sin embargo, la plataforma ha conseguido aglutinar a la mayoría. Se coordina desde Barcelona, pero tiene, por llamarlo de alguna manera, secciones en todo el país. Si se les pregunta por su jefe o líder, no contestan. Nada de jerarquías, y ¡ay del que intente ir de protagonista! Las decisiones las toman en asambleas. La prueba: a la primera reunión para elaborar este reportaje se presentaron nueve personas para opinar sobre cómo abordar el asunto, y dedicaron la primera media hora a establecer un turno de palabra, porque entre ellos nadie habla por nadie. Cada uno es su propio portavoz. Por lo pronto, este sistema les ha servido para preparar su Contraconferencia en Barcelona, que han llevado adelante a pesar de la anulación del BM y que consiste en más de 30 talleres sobre temas como la inmigración, los medios de comunicación, la democracia…

Pero algo no cuadra. ¿Por qué, si hay tanta gente descontenta con el sistema, triunfan políticos como Berlusconi, Bush y Sharon, claramente conservadores? Ángeles Maestro responde. Es su área; pertenece a Izquierda Unida y ha sido uno de sus rostros más visibles en lesgislaturas pasadas. "Es un movimiento en construcción que rompe con la tendencia de fragmentación de la izquierda que venía impidiendo hacer frente a las políticas ultraliberales. Es un movimiento que se va haciendo en la lucha y en el debate. Es un embrión que está ahí y que fructificará en algo efectivo que cambie el mundo".
El perfil medio de los antiglobalizadores no es el de un joven descerebrado con ganas de armar bronca. Ni son alocados ni tienen tantas ganas de líos. Dicen que lo que quieren es cambiar un mundo injusto. Vale, dirán muchos. Eso lo queremos todos. Pero ¿por qué focalizan ese odio en las instituciones internacionales? "Son la cara visible de esta injusticia. La columna vertebral del capitalismo mundial. Financian su expansión. Y su poder está legitimado por razones como la deuda externa. Para mí es al revés. Tenemos una deuda moral y económica con ellos". Ángel habla por él, pero sintetiza lo que piensan casi todos. Otra explicación: "Los países del Norte presionan a los del Sur a través de estas instituciones para que adopten su modelo. Tienen que privatizar, liberalizar el comercio, reducir los presupuestos sociales. Hay países que lo hacen y baja el nivel de vida", dice Andreu, miembro de la campaña, que tiene 25 años y vive en Barcelona.

¿Más concreto? Maite Serrano, de 35 años, pone el ejemplo de Ecuador: "Un país del que en 1999 emigraron un millón de personas. Su producto interior había caído un 7%. La inflación había aumentado un 60%. El paro, un 50%. Acudieron al Banco Mundial. Les dieron un préstamo: 450 millones de dólares (87.000 millones de pesetas). Mucho dinero, pero con condiciones: cumplir las reformas económicas que les recomienda el FMI. Es decir: dolarizar la moneda, flexibilizar su mercado laboral, privatizar varias compañías, conceder permisos de oleoductos a firmas extranjeras. Y que cumplan con sus obligaciones de deuda externa. Traducido en cifras: en 2000, este pago supuso el 54% de los gastos del Gobierno. Ese año, los gastos sociales fueron del 2%".
Maite da más datos: El Banco Mundial es propiedad de 182 países. Su reparto de votos es el siguiente: 14 países africanos suman el 2%. Estados Unidos, el 17%. Si se añaden Alemania, Francia, Japón e Inglaterra, un 40%. Las decisiones las toman ellos; no es democrático. La Fundación Ecología y Desarrollo ha analizado quién detenta más poder. Las conclusiones son llamativas: de los 40 entes más poderosos del planeta, casi la mitad son empresas. El valor bursátil de General Electric (312.000 empjkleados) supera el PIB de la India (970 millones de habitantes). Las cien mayores compañías suman unos ingresos anuales superiores al producto interior de la mitad de los países del mundo.

Los antiglobalizadores ven peligro en esa tendencia. Pero son optimistas. "Ahora tenemos una de las mejores oportunidades para cambiar la sociedad desde hace 30 años", dice Luke, un profesor de inglés de 31 años. Cree firmemente que lo que hacen "puede llevar a conseguir victorias". Pero, como todos, sabe que queda mucho por delante. Y que antes es necesario que se genere un debate social. Y que les tomen en serio. Para ello, tienen un objetivo: quitarse de encima el sambenito de violentos que les descalifica. "Estamos hartos de que nos criminalicen". Lo dicen constantemente. Todos. Les preocupa que la gente crea que son guerrillas urbanas y que los medios de comunicación se queden sólo con las piedras y los porrazos, una imagen con la que no se sienten identificados. Alguno, además, lanza la pregunta: "¿Qué es más violento, el apedreamiento esporádico de un McDonald's en el transcurso de una manifestación de protesta, o el hecho de que en este planeta muera de hambre un ser humano cada segundo?".

Han conseguido que se hable de ellos. Pero el debate se presenta difícil. El próximo encuentro de la OMC será en Qatar, un minúsculo y cerrado país al que no podrán llegar los manifestantes. Guillermo de la Dehesa, presidente del Centro de Investigación de Política Económica y del Observatorio del Banco Central Europeo, sí cree en el diálogo, aunque ve difícil hacerlo con todos. Diferencia cuatro tipos de antiglobalizadores: 1) Aquellos que quieren acabar con el capitalismo. "Hay poco que hablar con ellos. Es el sistema menos malo de los que hemos vivido". 2) Los que ven su trabajo amenazado por los países menos desarrollados. "Protestan para defender sus derechos". 3) El caso Bové. Defienden una agricultura no competitiva, subvencionada. "La agricultura tradicional europea que evita el desarrollo del Tercer Mundo". 4) Los que piensan que la globalización es un proceso más o menos positivo que hay que reformar. "Con ésos hay que contar y discutir. Lo peor es la bunquerización".

Pero no están dispuestos a fragmentar el diálogo. O todos o ninguno. "A ellos les une el dinero y los intereses. A nosotros, un sentimiento. Y aunque seamos muchos y diferentes, está por encima", dice Ana Párraga.

Génova es la próxima cita: una reunión del G8. Será en julio. Ya tienen los ojos puestos en ella. Habrá más autobuses, nervios y tensión. Pero, de todos modos, irán. Como su sombra.

 
  

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