EE UU SUFRE EL PEOR ATAQUE DE SU HISTORIA | 11 DE SEPTIEMBRE
Las caras de la tragedia
PRISACOM | Madrid
Tras la magnitud del ataque terrorista contra los símbolos del poderío norteamericano se esconden un buen número de pequeñas historias. Es la otra cara de una tragedia en su dimensión más humana.
La última llamada
Una pasajera de uno de los cuatro aviones secuestrados y utilizados para atacar objetivos estratégicos en Estados Unidos logró contactar a través de un teléfono móvil con su marido desde el aparato y le relató la situación a bordo: todos los pasajeros, los miembros del equipaje y los pilotos habían sido obligados a situarse en la parte trasera del avión y los secuestradores se habían hecho con los mandos. Según relató la cadena estadounidense CNN, Barbara Olson, una conocida abogada de 45 años, logró realizar dos llamadas y relatar desde dentro a su marido lo que en pocos minutos iba a convertirse en la mayor tragedia estadounidense. Barbara Olson, quien no aportó ninguna descripción física de los secuestradores, viajaba en el Boeing 757 de American Airlines con destino a Los Ángeles que acabaría estrellándose a las 09:43h contra el Pentágono en Washington.
"¿Qué puedo hacer?", le preguntó Barbara a su marido, Ted Olson, pocos segundos antes de la tragedia. En una breve entrevista, Olson aseguró que su esposa estaba "en el avión que se estrelló contra el Pentágono". "Llamó desde el avión cuando acababa de ser secuestrado. Ojalá sólo hubiese sido un secuestro".
La perplejidad de los controladores
Los controladores que trabajan en el aeropuerto Internacional de Dulles Washington, detectaron en sus pantallas un avión sin identificar que se movía, a una velocidad inusualmente rápida, directamente hacia la Casa Blanca. Rápidamente avisaron a las autoridades de lo que sucedía. Poco después el aparato viró y se estrelló contra el edificio del Pentágono.
Los controladores no pudieron identificar a la aeronave debido a que alguien a bordo había apagado el transpondedor, un aparato que envía a la torre de control datos con la compañía a la que pertenece el avión, su número de vuelo, la velocidad y a la altitud a la que viaja. Por aproximación se identificó al avión como el vuelo 77 de la compañía American Airlines con cuatro tripulantes y 58 pasajeros a bordo que había despegado a las ocho y diez desde Dulles con destino a Los Ángeles.
Al parecer, el avión, después de despegar desde Dulles, se digirió hacia su destino durante un cierto tiempo, pero en un determinado momento se apagó el transpondedor y el aparato viró en redondo y se dirigió hacia Washington. El aparato apareció entonces en las pantallas calificado como "objetivo primario", es decir, no identificado. El espacio aéreo alrededor de Washington está clasificado como de alta seguridad y ningún aeroplano puede sobrevolarlo sin estar identificado y tener permiso. Los controladores se dieron cuenta de que, además, iba directo a la Casa Blanca, sobre la que está terminantemente prohibido sobrevolar. Mientras daban la alarma, observaron como el avión viraba 270 grados y enfilaba hacia el Pentágono desde el suroeste. Al llegar a pocos metros de altura el avión desapareció de las pantallas de radar. Eso ocurrió pocos segundos después de estrellarse contra el Pentágono.
Descenso del infierno.
"Escuchamos una gran explosión, todo el edificio osciló y por la ventana vimos trozos grandes de algún material que caía", afirmó con la voz quebrada por la emoción Carmen Medina, una española que se encontraba en el piso 55 de una de las Torres Gemelas de Nueva York.
"Nos costaba mucho trabajo caminar. Todo se movía, pero con mi amiga pudimos comenzar a descender por las escaleras. Íbamos llorando, sin saber muy bien que había ocurrido", dijo Carmen Medina, gerente de programa de una escuela de idiomas de la Universidad PACE, que tenía una oficina en las torres.
"Los teléfonos móviles no funcionaban, nadie sabía nada, y teníamos que detenernos para dejar pasar a las personas que trataban de salir de la torre descendiendo por las escaleras, de los pisos inferiores al nuestro".
"También teníamos que pararnos para dejar que subieran los bomberos, policías y enfermeros", afirmó Medina, natural de Socuéllamos, Ciudad Real, quien recuerda que sucedió a las 8.50 de la mañana, cuando ya las oficinas estaban trabajando. En total tardaron unos 30 minutos en poder llegar a la calle, donde fueron llevados a unas galerías, antes de ser evacuados, en el momento en que se derrumbaron las torres.
En paro, pero vivo
El caos reinaba en el distrito financiero de Manhattan en las horas después del desastre, donde sólo se permitía el paso de los vehículos de emergencia y a la policía, y donde los trabajos de evacuación continuaban en busca de supervivientes.
El informático Naihi Muhak, de origen hindú, miraba con tristeza cómo su lugar de trabajo, en el piso 50 de la Torre Gemela 2, había desaparecido completamente tras el atentado. "Es el acto más estúpido cometido por militantes extremistas, y ha dejado a mucha gente sin trabajo, como yo mismo", manifestó Muhak, quien, para su suerte, llegó más tarde de lo habitual a su trabajo.
Su perro lazarillo le salvó la vida
El ingeniero invidente Omar Eduardo Rivera que trabajaba en el piso 71 de una de las Torres Gemelas de Nueva York, se salvó de morir el martes gracias a "Salty", su perro lazarillo.
Rivera, de 44 años, es empleado del Departamento Tecnológico de Servicios de Información de la Autoridad de Puertos del Estado de Nueva York. El día 11 llegó temprano a trabajar para entregar unos documentos preparados para una junta directiva. "Me sorprendí aproximadamente a las 8.44 de la mañana, cuando alguien gritó: ¿Qué diablos hace este avión aquí? Después hubo un impacto, un ruido estruendoso, y el edificio se estremeció". Rivera y su su perro-guía, un labrador, consiguieron ponerse a salvo tras una hora y cuarto de descenso por las escaleras de emergencia. Poco después de llegar a la calle, el edificio de 110 plantas se desplomaba.
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