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EE UU SUFRE EL PEOR ATAQUE DE SU HISTORIA | 11 DE SEPTIEMBRE
Alegría en los campos de refugiados palestinos |
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Un palestino dispara su rifle en señal de alegría en un campo de refugiados en Sidon, al sur del Líbano (REUTERS).
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Radicales palestinos salieron ayer a las calles para festejar los atentados perpetrados contra EE UU, al que hacen responsable de la larga crisis en que se encuentra sumido Oriente Próximo desde hace más de cincuenta años. Esta oleada de entusiasmo popular tenía su contrapunto en la sede del Gobierno israelí, desde donde se lanzaba una advertencia a la comunidad internacional con respecto a los peligros que representa el "terrorismo del islam extremista". Las muestras de alegría de los nacionalistas palestinos fueron especialmente estruendosas en las calles de Jerusalén Este, donde los viandantes ofrecían a los niños caramelos, y en los campos de refugiados de Sabra y Chatila en Beirut, capital de Líbano. "Bin Laden, bombardea Tel Aviv", pedían ayer a gritos los refugiados.
En Sabra y Chatila, como en las grandes ocasiones, los jóvenes sacaron de sus escondites las armas para disparar al aire. Hubo también muestras de delirio en las localidades cisjordanas de Nablús, Yenín, Ramala, Belén, Tulkarem y en la franja de Gaza, sitiadas desde hace meses por el Ejército israelí, que trata así de poner fin a la Intifada iniciada hace casi un año.
La reivindicación del atentado a través de una llamada telefónica del FDLP, grupo radical minoritario de tendencia marxista-maoísta, sería desmentida poco después por un portavoz oficial de la organización que aseguró "no tener nada que ver con estas explosiones". Por su parte, su organización hermana, el Frente Popular para la Liberación de Palestina, de línea marxista-leninista y liderada por George Habash, se sumaba a la larga lista de desmentidos.
El presidente palestino, Yasir Arafat, que a la hora de los atentados estaba reunido en su residencia de Gaza con el embajador europeo Miguel Angel Moratinos, también se desmarcó estratégicamente del entusiasmo popular de las calles palestinas. Tal vez tratando de evitar las posibles represalias contra su pueblo, Arafat condenó en su nombre y en el de todos los palestinos el atentado.
Reacción en Israel
La conmoción y la angustia cundían ayer en las filas del Gobierno de Ariel Sharon y en las calles de Israel. Aunque la política oficial era la del silencio y la cautela, el ministro de Defensa, Benjamín Ben Eliezer, lanzó desde Jerusalén una advertencia a la comunidad internacional sobre los peligros del "terrorismo del islam extremista". Mientras, los tanques y la infantería israelí apretaban el cerco de Yenín, (30.000 habitantes) en el norte de Cisjordania, ciudad sobre la que se ha decretado un férreo asedio como castigo por haber engendrado al menos a seis militantes inmolados en operaciones suicidas contra Israel.
No obstante el silencio oficial, se han empezado a impartir consignas para afrontar una crisis de consecuencias aún imprevisibles. Las primeras en hacerlo han sido las organizaciones e instituciones internacionales representadas en la zona. Paradójicamente, horas antes del atentado, la administración de las Naciones Unidas en Jerusalén difundía entre sus empleados una nota en las que hacía recomendaciones que, después de la catástrofe, parecen doblemente pertinentes: no viajar, evitar las áreas con muchedumbres, las calles peatonales, los grandes centros comerciales, las cafeterías, los restaurantes, los locales nocturnos y las discotecas, los autobuses y las estaciones de tren. La recomendación para la ONU es clara: "de casa al trabajo".
La Administración israelí no se ha quedado atrás. La vigilancia ha sido reforzada ante los edificios oficiales, en todas las calles, especialmente ante los rascacielos. El espacio aéro ha quedado cerrado para los aviones no nacionales. Las fronteras de Israel con Jordania y Egipto quedaban cerradas. Las medidas de seguridad han llegado también a todas las legaciones en el extranjero; el personal prescindible debe volver a Israel.
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