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    EL PAÍS SEMANAL
    Domingo 4 de marzo de 2001
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Un día con Paco
Tiene síndrome de Down. Es la única diferencia entre Francisco Marín y otro joven barcelonés de 21 años. Paco trabaja, estudia y está enamorado. Y aspira a un futuro y una familia. JUAN JOSÉ MILLÁS ha convivido con él y cuenta cómo es su vida. Fotografías de Tino Soriano.
Así fue mi día con Juanjo | La conquista de la normalidad

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Francisco Marín tiene 21 años y un cromosoma más que yo. Vive en una localidad de la periferia de Barcelona (Hospitalet) desde donde cada mañana se dirige a la Fundación Catalana para el Síndrome de Down, en cuyas oficinas trabaja como auxiliar administrativo. Va y viene siempre solo, aunque el pasado 17 de enero una sombra estaba esperándole en el portal de su casa para seguirle durante toda la jornada. Esa sombra era yo.

–Voy a ser tu sombra –le dije.
–Así que yo me llamo Paco y mi sombra se llama Juan José –respondió señalando con regocijo aquella falta de simetría insólita.

Comenzaba a amanecer cuando tomamos el metro en Hospitalet, confundidos con la riada de gente que a esa hora se dirigía a trabajar. El vagón iba lleno, pues, de personas con el número consabido de cromosomas en sus células y con una cantidad anormal de preocupaciones en su cabeza. Podía oír sonar sus cromosomas y sus preocupaciones cada vez que el vagón hacía un movimiento brusco. Percibí algunas miradas furtivas hacia la pareja formada por Paco y yo, cuya relación no era fácil de conjeturar. Él iba disfrazado de auxiliar administrativo (chaqueta oscura, pantalones con raya, camisa y corbata a juego) y yo de reportero (pantalones vaqueros, camisa vaquera y chupa). Nos colocamos cerca de una de las puertas, cogidos a una barra vertical, y Paco me confesó que él también escribía.

–¿En cuadernos o en cuartillas? –pregunté.
–Ni en cuadernos ni en cuartillas. En el ordenador.

Nos apeamos en Diagonal y como yo no había desayunado me llevó a una cafetería subterránea en la que trabajaba un amigo suyo. Me presentó a todo el mundo y explicó que yo era un periodista de Madrid encargado de hacerle un seguimiento. Aunque el discapacitado, técnicamente hablando, era Paco, en seguida noté que la gente me miraba a mí con expresión de lástima.


No tardaría en comprender por qué.
Las rutinas laborales de Paco son agotadoras. De momento, como íbamos bien de tiempo, me llevó a una tienda subterránea de corbatas, porque le vuelven loco las corbatas, pero estaba cerrada y quedamos en volver por la tarde. Se movía por aquel dédalo de túneles con una facilidad (o con una inconsciencia, temí yo) asombrosa. Como no conozco el metro de Barcelona y soy un poco claustrofóbico, insinué si no nos estaríamos extraviando, pero me dijo que andar por los pasillos del metro era para él “como ir al cuarto de baño de su casa”.

Por fin salimos a la superficie por una boca situada en el paseo de Gracia y desde allí fuimos dando un paseo hasta la fundación, situada en la calle de Valencia. Debido a mi problema con los lugares cerrados, le sugerí que usáramos las escaleras, pero él se declaró partidario del ascensor.

–Si no lo usáramos, sería como si estuviera de adorno.

Cuando tengo que elegir entre el bienestar y la lógica, elijo la lógica, de modo que no pude resistirme, sobre todo después de que añadiera que sería una incongruencia que su sombra y él subieran por lugares distintos. En unas dependencias del sexto piso ordenamos los muebles de un aula y luego nos fuimos a la puerta a recibir a los alumnos que llegaban a esa hora y a quienes Paco me iba presentando con algún exceso retórico. Eran chicos y chicas con síndrome de Down que reciben clases de manejo de dinero, formación laboral, habilidades sociales, cocina y autonomía doméstica. La última chica que me presentó era Inés, a quien Paco me dijo que quería dedicar este reportaje.

–Todo lo que hago se lo dedico a ella –añadió con expresión grave.

Le dije que ya veríamos y bajamos al primer piso, donde se encuentran las oficinas de la fundación. Paco me presentó a su jefa y al resto de la plantilla, añadiendo siempre la coletilla de que yo era un periodista de Madrid encargado de hacerle un seguimiento.

"ESTE REPORTAJE ES PARA INÉS; TODO LO QUE HAGO SE LO DEDICO A ELLA"
Noté en muchas personas la mirada de lástima que ya había percibido en la cafetería del metro y como tengo complejo de inferioridad comencé a minusvalorarme, especialmente después de que Paco, quizá para señalar que había comprendido mi papel, me dijera en una de sus idas y venidas:

–Para mí, como si no existieras.

Luego de que hubo encendido la fotocopiadora, le seguí al portal del edificio, donde empezó a abrir buzones para recoger la correspondencia.

–Esto, como es propaganda, no se coge –dijo poniendo a un lado la basura publicitaria, de donde rescaté una oferta de ordenadores portátiles que guardé disimuladamente en el bolsillo.

Subimos de nuevo a la oficina (en el ascensor) y le observé tontamente mientras clasificaba las cartas y las distribuía por los despachos. Cuando iba a sentarme para tomar las primeras notas en el cuaderno de reportero que me habían dado con el resto del disfraz, me dijo que nos íbamos a la oficina de Correos de Jaume I, me parece, para hacer una gestión que no comprendí.

Ya en la calle, me llamó la atención un escaparate de botellas antiguas, frente al que me detuve.

–Cuando voy a hacer recados, no me paro –me reconvino Paco–. Tú eres mi sombra y no puedes pararte.

Seguimos andando, pues, y dijo que en realidad también podría ser su guardaespaldas. O su ángel de la guarda.

–Si fueras mi ángel de la guarda, los demás no te verían. Sólo te vería yo y la gente me miraría pensando que voy hablando solo.

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