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George W. Bush, un presidente con una misión por cumplir

Associated Press (07/10/2001)

Ha sido el presidente de Estados Unidos que menor respaldo ciudadano ha alcanzado para llegar al poder. Un año después, sus cotas de popularidad son altísimas. Los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington han alterado radicalmente el mandato del ex gobernador de Texas, quien ha asumido la llamada guerra contra el terrorismo como una misión casi divina.

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Estudiante mediocre, empresario sin éxito, político con un discurso tan simple como conservador, George W. Bush accedió a la Casa Blanca, de la que es el actual inquilino, como candidato del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos. Lo hizo en noviembre de 2000, tras imponerse en las elecciones más reñidas de la historia. Aquella victoria quedó ensombrecida por las acusaciones de fraude electoral en algunos Estados, entre ellos Florida, gobernado por su hermano Jeff.

Bush llegó a la Casa Blanca sin contar con el voto mayoritario popular y gracias a una polémica sentencia que no ayudó a aclarar los defectos formales del sistema electoral del país, pero conquistó 271 de los 538 compromisarios en liza para poner fin a ocho años consecutivos de presidencia demócrata.

El éxito de Bush, que explotó con generosidad a lo largo de la campaña electoral frente al distante y 'politizado' ex vicepresidente demócrata Al Gore, radicó en su acierto a la hora de encarnar la imagen del tipo corriente con el que la mayoría de los norteamericanos se sentirían a gusto charlando frente a una hamburguesa y una cerveza en una barbacoa de domingo. Estas cualidades, sin embargo, le habrían servido de poco sin las conexiones que le otorgan su condición de heredero de una dinastía política republicana: hijo de presidente, nieto de senador y descendiente directo de otro presidente, Franklin Pierce. En su contra jugaron la inexperiencia y desconocimiento de la situación mundial que empobrecía su figura internacional -Bush apenas había viajado fuera de su país antes de alcanzar la presidencia- y su fama de bebedor en el pasado, asunto al que la opinión pública estadounidense es especialmente sensible.

El hijo del presidente que comandó la Guerra del Golfo en 1991 mostró maneras muy conservadoras en la campaña presidencial. Omitió, hasta el punto de convertirse en un tabú, el asunto de la homosexualidad y defendió firmemente la pena de muerte -como lo hizo en su etapa de gobernador de Texas, en la que ostenta el historial político más amplio en la aplicación de la pena capital-

Dentro de las fronteras del país, el gobierno se encontró con la necesidad de controlar el enfriamiento de la economía estadounidense, poner orden en el caos electoral, afrontar los costes económicos y diplomáticos del sistema de defensa contra misiles del que Bush se manifestó firme partidario.

Bush accedió a la presidencia en enero de 2001, y sus primeras medidas se encaminaron en la dirección que ya había apuntado en la campaña electoral: reducir al máximo la acción en el exterior de EE UU y concentrarse en los asuntos domésticos. Inmediatamente después de acceder al Despacho Oval, Bush bloqueó las últimas órdenes ejecutivas dictadas por Clinton, especialmente la referida a la ratificación del tratado para la creación del Tribunal Penal Internacional, y puso en marcha sus primeros proyectos presidenciales: impulsar la reforma de la educación pública, el recorte de impuestos y el aumento de la infraestructura militar, incluido el polémico proyecto del nuevo escudo antimisiles.

Una de las decisiones que mayor escozor produjo entre un significativo sector de la opinión pública norteamericana en sus primeros meses de gobierno fue la autorización para abrir explotaciones petrolíferas en un espacio natural protegido de la importancia de Alaska. Pero la decisión encajaba con el propósito de la nueva Administración republicana de aliarse y favorecer a las grandes corporaciones.

Sin embargo, el 11 de septiembre cambió para siempre los destinos del país, posiblemente del mundo, y desde luego del propio Bush. El ataque exterior más importante en la historia de EE UU -el primero en suelo estadounidense desde Pearl Harbor- se saldó con el derribo de las emblemáticas Torres Gemelas de Nueva York, la destrucción parcial del Pentágono y cerca de 5.000 víctimas mortales- Aquella tragedia, cuyo impacto moral y económico aún no ha podido superar la dinámica sociedad americana, obligó a Bush a alejarse definitivamente de su programa de gobierno, relegar cualquier otra prioridad y embarcar al país en una guerra en distintos frentes, cuya naturaleza y objetivos no tienen precedentes en ningún otro conflicto anterior.

Efectivamente, el 43º presidente de Estados Unidos optó por la "guerra total" como respuesta a los ataques del 11 de septiembre. Una "guerra contra el terrorismo" planteada en varios frentes, el militar, el diplomático y el de seguridad. Una alianza internacional sin precedentes en la historia de la humanidad consintió la operación militar en Afganistán, destinada a deshacerse del autor intelectual de los atentados, el millonario saudí radical Osama Bin Laden y del régimen que le cobijaba. Tras el éxito parcial de esta misión, EE UU se plantea nuevas acciones contra grupos y Estados que califica de terroristas en otros puntos del planeta.

Bush se ha planteado esta que calificó inicialmente como cruzada como un asunto personal. El presidente cree firmemente, según han filtrado algunos allegados, que el destino le ha impuesto una misión que debe cumplir a toda costa: eliminar el terrorismo de la faz de la Tierra. Esta convicción casi divina en el papel que le ha tocado jugar en la historia de la humanidad le ha llevado a adoptar decisiones que en otros tiempos se hubieran combatido con fiereza. Su obsesión por la seguridad interior se ha plasmado en un aumento del margen de maniobra de las agencias de inteligencia y espionaje como la CIA, en detenciones sin cargos de extranjeros que llevan meses detenidos en las cárceles, o en medidas de control y de limitación de las libertades individuales.

Estos 'daños colaterales' al preciado tesoro de las libertades en EE UU todavía no han afectado a la popularidad de George Bush. Una inmensa mayoría de los estadounidenses -el 86% según los sondeos de finales de septiembre aunque esta unanimidad ha descendido en los últimos tiempos- aprueba la forma en la que el presidente de EEUU, George W. Bush, estaba actuando tras los atentados perpetrados contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono. La aceptación ciudadana de que está disfrutando Bush en estos momentos son los más altos de los que ha tenido ningún mandatario desde comienzos de la década de los 90, cuando George Bush padre declaró la guerra contra Irak. Sólo dos días antes de los atentados una encuesta sobre Bush afirmaba que un 55% aprobaba su gestión y un 41% no.

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