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Zinedine Zidane, el héroe discreto

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Ricardo Gutierrez (23/07/2001)
Es protagonista del traspaso más caro del fútbol mundial. Detrás de los 13.000 millones que costó su fichaje por el Real Madrid está la biografía de un hombre justo y recto, de un héroe discreto convertido en un símbolo de la Francia multiétnica. |
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SANTIAGO SEGUROLA (EL PAÍS)
El Madrid ha comprado al jugador más popular del mundo. El valor añadido de Zidane se mide ahora en términos mercantiles, bastante más que en términos futbolísticos. Se trata de un hombre con un imponente historial: campeón del mundo y de Europa con Francia, ganador de la Liga italiana con la Juve, líder indiscutible en todos los equipos en los que ha militado, Balón de Oro, mejor jugador del planeta según la FIFA. Su figura es reconocible en todos los rincones del globo, y en su país es un héroe nacional. Para conseguir a este paradigma del éxito, el Madrid ha invertido 13.000 millones. Sin embargo, debajo del brillante celofán hay un futbolista, aunque parezca lo contrario.
Zidane es un caso curioso. Su singularidad es que no ofrece nada singular. Simplemente juega muy bien al fútbol. A la manera antigua, por cierto, aspecto que hace más notable su posición en la cima. Dado que se ha pagado por él la cifra más alta de la historia, sería lógico relacionarle con aquellos que figuran como referentes. Es decir, Di Stéfano, Pelé, Cruyff, Maradona y hasta Platini y Van Basten. Con la excepción de Di Stéfano, todos fueron estrellas precoces, cosa que no ocurre con Zidane, cuyo éxito ha sido relativamente tardío. Con 23 años abandonó el Girondins de Burdeos para fichar por la Juve. Su coronación llegó con 26 años, en el Mundial de Francia, corona ratificada en la Eurocopa 2000. A diferencia de todos ellos, Zidane tampoco ofrece un rasgo que le haga inmediatamente reconocible como estrella. De Di Stéfano se sabía que era el primer defensa, el centrocampista más completo y el goleador más fiero. Con Pelé se asistió a la llegada de un jugador portentoso en el plano técnico, físico y creativo. Cruyff tenía glamour, velocidad, freno, desborde y un liderazgo que dominaba los partidos con su sola presencia. Maradona añadía a lo de Pelé un punto de magia romántica que le hacía incomparable. Platini tenía cosas de Zidane, más una dañida capacidad para hacer goles. Y Van Basten funcionó como el arquetipo de la estética en el delantero centro, sin caer jamás en la retórica: mataba en el área.
Zidane no es ni de lejos un goleador, ni tiene una gran despliegue, ni es el consumado habilidoso, ni parece especialmente rápido. ¿Qué tiene de especial entonces? Lo especial es que Zidane es una gran noticia para el fútbol porque se resiste a las tendencias actuales, que producen jugadores fragmentarios, especialistas sin panorama, reos de tantas obligaciones que les convierten en simples operarios. Zidane es grande por decantación: ninguno como él interpreta todas las viejas leyes del fútbol. Las tiene incorporadas a todas y cada una de sus decisiones en los partidos: juega a un toque cuando es necesario, que es casi siempre; se desplaza a los costados para complicar la vida a sus marcadores y abrir caminos a sus compañeros; utiliza la pared como una forma de arte; es repentino en los pases; hace un uso perfecto de su corpachón para cuidar la pelota y buscar perfiles de regate o de pase; sus controles son de libro; aprovecha perfectamente su potencia para conducir el balón, algo de lo que jamás abusa; conoce muy bien la geografía del juego: es sencillo en el medio campo, imaginativo en los tres cuartos, amenazador en sus aproximaciones al área. Zidane es el depósito donde se ha sedimentado el conocimiento profundo del juego. En otros tiempos, cuando este tipo de futbolista no era una rareza, Zidane habría sido un excelente jugador común. Ahora es un formidable jugador nada común.
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