El corredor de la muerte
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El Corredor de la Muerte
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Índice
Normas que rigen en el Estado de Misisipi
Un día en el corredor de la penitenciaría de Terret Unit, Texas
El Corredor de la Muerte de Oklahoma
En la Prisión del Estado de Indiana
Últimas horas en el Corredor de la Muerte de Miguel Flores
 
LA VIDA EN EL CORREDOR DE LA MUERTE

Las rutinas en el corredor de la muerte suelen ser distintas dependiendo de cada Estado, por lo que no se puede establecer una regla general de convivencia. Sin embargo, todos los presos que están o han estado en este lugar relatan las ínfimas condiciones de vida a las que se ven sujetos. En esto no hay excepción. He aquí algunos ejemplos reales:

Normas que rigen en el Estado de Misisipí
Fuente: http://www.msaclu.org/deathrow.html:

En el corredor de la muerte, los presos sólo salen de sus celdas para ducharse (15 minutos) y quizás hacer ejercicio (1 hora). No hay aire acondicionado.

La prisión facilita a los reos pasta de dientes, jabón, cuchillas de afeitar, uniformes y ropa de cama. Cualquier otra necesidad (papel, sobres, sellos...) debe ser cubierta por familiares o amigos. Eso sí, no se permiten bolígrafos, sólo lapices, y el único material de lectura que pueden recibir es religioso o legal.

No está permitido fumar.

Las visitas se desarrollan con un cristal blindado de por medio, y se habla por teléfono. Aquellas personas a las que se permita entrar tendrán una hora, entre las 9 de la mañana y las 2 de la tarde, dos fines de semana al mes.

Los presos pueden llamar durante 5 minutos a cobro revertido a aquellos números que se encuentren en su lista de teléfonos autorizados. Las llamadas son interrumpidas aleatoriamente por una grabación en la que se dice que la persona que está llamando es un preso que se encuentra en una institución correccional. Si un familiar adquiere un nuevo número de teléfono, éste será puesto en la lista durante el siguiente periodo regular de cambios programado.

Un día en el corredor de la penitenciaría de Terret Unit, Texas.
Fuente: http://www.jungleweb.net/vanguard/drdaily.html:

03.00. Se sirve el desayuno.

05.00. Se recogen las bandejas del desayuno y el correo que los presos quieran enviar.

06.00. Cambio de guardia. Se encienden todas las luces y se despierta a todos los presos preguntándoles por sus nombres y números

07.00. Recreo de una hora, empezando cuando se desee, entre 07.00 y 09.00 de la mañana.

10.00. Se sirve la comida.

11.00. Se recogen las bandejas de la comida.

12.00. Los reclusos pueden estar en la ducha de 20 minutos a una hora.

13.30. Los guardias hacen una ronda encendiendo todas las luces y comprobando nombres y números.

14.00. Cambio de guardia. Se vuelven a revisar nombres y números.

16.00. Se sirve la cena.

17.30. Se recogen las bandejas de la cena.

19.00. Los guardias recorren el corredor con el personal de la limpieza barriendo y fregando los suelos.

20.30. Los guardias reparten entre los presos el correo del día.

21.30. Los guardias recorren todas las celdas encendiendo todas las luces y revisando nombres y números.

22.00. Cambio de guardia. Se vuelven a encender todas las luces y se levanta a todos los presos preguntándoles por sus nombres y números.

23.30. Los guardias hacen una ronda con los porteros para barrer de nuevo los corredores y ver si alguno de los presos tiene alguna necesidad.

00.00. Los guardias distribuyen o cambian la ropa interior de los presos.

03.00. Sirven el desayuno. Comienza un nuevo día y una nueva rutina en el corredor de la muerte.

El corredor de la muerte de Oklahoma

Un informe de Amnistía Internacional sobre las condiciones en el corredor de la muerte de la cárcel de Oklahoma (1997) desvela que las celdas, en las que se carece absolutamente de privacidad, suelen medir entre 1,52 x 2,43 metros y 2,43 x 4,57 metros. Las camas son tablas sobre las que se colocan colchones de algodón. No hay ningún otro mueble en las celdas, a excepción de un retrete habitualmente situado cerca de la cama, aunque en algunos Estados permiten estanterías en las paredes para poner la televisión o la radio, si el preso tiene la suerte de tener una.

Normalmente las paredes no están pintadas, y en algunas penitenciarías los condenados no pueden colocar nada en ellas. La puerta de la celda es de acero sólido, con una pequeña ventana con barrotes, o sin ventana. Las celdas están distribuidas en dos o tres plantas que rodean un área central vacía. La iluminación de este complejo se consigue mediante tubos fluorescentes que se sitúan también en el interior de las celdas. La principal fuente de luz natural entra en el corredor a través de una ventana situada en lo alto del área central.

En el corredor de la muerte no suele haber programas educativos, ya que no se pretende la reinserción, aunque algunos de los presos pueden acceder a estudios a distancia (básicos o universitarios) sin tutor y sin la obtención de los correspondientes créditos. Los presos dicen que la atención médica también es deficiente.

En la Prisión del Estado de Indiana

Gregory Scott Johnson, encarcelado en el corredor de la muerte de la Prisión del Estado de Indiana por el asesinato de su vecino, describió a un reportero de The News Sentinel en 1997 cómo eran sus condiciones de vida en este lugar.

Según él, dos veces a la semana les permitían salir al aire libre, si el tiempo lo permitía, y permanecer durante dos horas en un área de aproximadamente la mitad de superficie que un campo de baloncesto. Las comidas, servidas en bandejas de plástico a través de un agujero en la puerta de la celda, incluían bastantes judías, arroz y fideos. A veces daban comidas especiales, como pavo en el día de Acción de Gracias.

La mayoría de los presos ocupaban su tiempo viendo la televisión y leyendo libros y revistas. Les estaba permitido fumar y también comprar pequeñas cafeteras para tener en sus celdas. Cuando se iba a producir una ejecución el silencio invadía, según Scott, cada una de las celdas del corredor de la muerte .

Las últimas horas en el corredor de la muerte de Miguel Flores

El 12 de noviembre de 2000, Miguel Flores es ejecutado por el asesinato de Angela Tyson en la prisión de The Walls (Huntsville, Texas). El parte oficial ofrecido es el siguiente:

06.04: Se le saca de la celda

06.06: Amarrado a la camilla.

06.07: Inyección en el brazo derecho.

06.08: Inyección en el brazo izquierdo.

06.14: Pronuncia sus últimas palabras.

06.15: Dosis letal en ambos brazos.

06.17: Concluye la dosis letal.

06.22: Se le declara muerto.

El periodista del diario El País Ignacio Carrión estuvo allí durante esos últimos momentos. Y lo relata así:

"Apenas siete horas antes de su ejecución, Miguel me esperaba de nuevo en el locutorio del corredor de la muerte. Su madre, destrozada, iba arrastrándose hacia el que sería el último encuentro con su hijo. Un encuentro sin contacto físico, como todos los demás a lo largo de estos once años. Un encuentro con cristal blindado y teléfono, pues ni siquiera se otorga el mínimo favor de la voz más que a través de un artilugio inventado para la distancia. Cesárea, la madre de Miguel, empleada de un supermercado, una mujer que había sido abandonada por su marido cuando Miguel tenía cuatro años, una humilde inmigrante en Estados Unidos, bajaba los ojos como tantas otras veces para no leer, quizá, el lema de la penitenciaría esculpido en su fachada : "Profesionalidad, excelencia, integridad".

Miguel estaba sentado en su urna y enseguida se levantó de la banqueta y puso las manos en el cristal para que así su madre pusiera sus manos a la misma altura, y era como si en cierto modo se tocaran madre e hijo. "No llores", le pidió él. "Esto se acaba. Va a ser mucho mejor. No quiero verte sufrir tanto". Cesárea se sentó pero Miguel seguía de pie con sus manos extendidas sobre el cristal, y miraba mis manos que yo puse allí, y me miró a los ojos: "Ya sé que no te han permitido asistir a mi ejecución", dijo, "pero te lo agradezco igual, aunque estaré más solo; nadie de la familia tiene fuerzas para estar allí, quizá mi tía Silvia". Luego, la madre le compró un yogur en la máquina del locutorio y un funcionario se lo entregó a Miguel. Lo destapó y, como no tenía cuchara, se lo fue comiendo despacio con un dedo. En ese momento, a mis espaldas, una mano se ponía en mi hombro y otra me agarraba el auricular del teléfono. Me volví. "No se inquiete, soy el capellán de la Casa de la Muerte, estaré hasta el último momento con Miguel; él ha pedido un fraile, pero yo soy el único autorizado a permanecer en la cámara de ejecuciones durante la ejecución".

El capellán se puso el auricular en la oreja izquierda y con una voz como de festejo, una voz algo cantarina, le dijo a Miguel que ya tenía el cigarrillo Camel que le pidió, no faltaba más. Por una vez no pasa nada, está prohibido fumar, pero se hará una excepción. "¿Lo quieres antes o después de la cena?", preguntaba el campechano capellán. Miguel dijo que le daba igual. Y en cuanto a la cena insistió que, por si acaso le entraba hambre, había pedido una última cena abundante, todo mexicano: enchiladas, arroz, patatas fritas, quesadillas, jalapeños, pico de gallo, tres botes de Peppers y un batido de plátanos.

El capellán asintió. "Y tú, tranquilo", dijo siempre en inglés, "tú ya sabes que estaré dentro a tu lado, y cuando notes que alguien te toca la pierna, ya sabes que soy yo. Tranquilo, Miguel, es rápido. A todos les gusta que les toque la pierna, eso ayuda". El capellán se retiró muy sonriente. Pero yo le seguí hasta la máquina de refrescos del locutorio de la que él ya extraía una coca-cola. Bebió un poco. Me ofreció acabarla. Dijo: "Mucho, mucho trabajo. La semana próxima será peor. Tenemos tres o cuatro, no me acuerdo. Al que iban a ejecutar ayer, por cierto, un amigo de Miguel, le aplazaron, pero ya tiene fecha para enero. Miguel, no. Creo que Miguel se acaba esta tarde".

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