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Jack Straw
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Jack Straw
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JAVIER SALVATIERRA
El 23 de marzo de 2000, Jack Straw pudo respirar tranquilo. O no. En esa fecha, y tras 503 días de arresto, Pinochet embarcaba rumbo a Chile. El caso del ex dictador chileno se convirtió en el mayor reto al que ha tenido que hacer frente este londinense licenciado en derecho por la Universidad de Leeds de 54 años, casado dos veces y con dos hijos, como ministro del Interior británico, cargo que ocupa desde mayo de 1997.
Unos meses después de ser nombrado, el 17 de octubre de 1998, Straw tuvo que enfrentarse con su propio pasado. Como activista de izquierda, se había manifestado en los sesenta contra dictaduras como la de Pinochet. Por eso su papel en el caso era mirado con lupa por sus adversarios políticos tanto dentro como fuera de su partido. Su experiencia política, que comenzó en 1971 como concejal en el ayuntamiento de Islington, podía ayudarle, aunque probablemente nadie nunca se había enfrentado a un caso de tamañas dimensiones.
Straw demostró en este caso una extraordinaria flema británica. Sus nervios de acero resistieron las presiones y fueron muchas- de todos los sectores políticos y mantuvo a Pinochet nada menos que 503 días bajo arresto.
Mientras, la justicia británica exasperaba a defensores y detractores del general con continuos vaivenes (decisión, apelación y así sucesivamente).
El respeto a las decisiones judiciales era la parte fácil del trabajo de Straw. En cambio, su papel casi judicial una vez acabado el proceso le ponía en el punto de mira de unos y otros. Cuando, el 8 de octubre de 1999, el tribunal de Bow Street da luz verde a la extradición de Pinochet a España, Straw se encuentra cara a cara con todas sus prerrogativas.
Si durante el desarrollo del caso se ha mostrado en todo momento favorable a la extradición incluso cuando los jueces lores le conminan a revisar su postura ante la drástica reducción de las acusaciones-, ahora debe tener en cuenta que el proceso puede alargarse enormemente con más recursos y decisiones y él puede encontrarse con un Pinochet muerto en Londres. Quizá demasiado para sus aspiraciones políticas (gran amigo de Tony Blair y una de los baluartes de su "tercera vía", aspira a sucederle en el número 10 de Downing Street). Es entonces cuando, aun temiendo que Pinochet sane de repente, decide tener en cuenta algo que el general no habría considerado durante su mandato si hubiera tenido al inglés en sus manos: la cuestión humanitaria.
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