Gormaz, me hueles a eterna historia medieval




Delmy Margarita Rodríguez López
15 años, 1º de Bachillerato Académico. San Salvador (El Salvador)


Lunes 21 de junio
A lo largo del camino de la Ruta Quetzal hay muchas estaciones que han quedado atrás y de las que se guardan vivencias maravillosas; por eso hoy nos esmeramos en levantar la vista y seguir avanzando con igual o más espíritu en cada paso.

La siguiente parada: una vasta llanura, salpicada de pintas jade y fino lienzo de agua cuyos brazos irrigan la región, ofreciendo un paisaje acogedor y de gran inmensidad.

Es cuando entonces se eleva imponente sobre un denominado cerro testigo, una edificación de gran raigambre cultural y es la fortaleza de Gormaz.

Subimos una cuesta sumamente inclinada y peligrosa. Toda una aventura. Hoy ha sido una de las primeras ocasiones, después de su tiempo de plenitud, en que todo un regimiento ha pisado este lugar en una carrera hacia su cumbre: los expedicionarios de Ruta Quetzal.

Entras al fuerte y lo único que percibes es el calor que te abrasa, pero la historia y la magnificencia que emanan las paredes y las torres te invaden mucho más. Es todo un recorrido en el tiempo y un descubrir el pasado. Son tantos los tesoros que guarda celosamente este sitio que con justa razón es Patrimonio de la Humanidad.

Fue el pueblo romano el primer morador de Gormaz y el primero que dejó latente su marca cultural. Cinco centurias después estos muros fueron testigos de la más importante ocupación extranjera en Hispania: la entrada del pueblo árabe, que con su poderío económico-político tomó posesión de Gormaz, aproximadamente, en el año 900 de nuestra era cristiana, antes de la figura de Almanzor.

Gormaz fue en su tiempo de oro ilustre fortaleza contra los sucesivos ataques de invasores a castillos, por lo que su función era defender un distrito militar y de carácter propiamente civil sin influencias religiosas.

Posee rasgos muy particulares. Su edificación es impresionante y sólida con una serie de 28 torres sobresaliendo en las plazas principales de San Esteban, Langa, Atienza y Osma. Infinidad de atalayas y almenas, en conjunto, formaron los escondites de vigías y defensores de la fortaleza en el momento de las grandes batallas.

Gormaz data del siglo X y alcanzó su esplendor en el siglo XIV.


Los expedicionarios, en la fortaleza
de Gormaz.
Hoy los únicos vestigios materiales que quedan de él son las ruinas de la zona residencial, y en el centro el Alcázar del emir; murallas con piedras de menos y algunos recintos que en otro tiempo sirvieron para fines de subsistencia.

En el aspecto social, fue un lugar poco habitado, pues se infiere que su población estable rondaba los 400 habitantes. Esta sociedad, no obstante su potencial militar y político, tuvo un notable desarrollo de la cerámica como máxima expresión de su arte, contrastando con una vida sencilla y primitiva.

Se deduce que fue un territorio autosostenible debido a que por sus abundantes recursos naturales tuvo mucho auge la práctica de la pesca, agricultura y ganadería.

Algo que sí sobrevive con el paso de los siglos son las creencias propias de Gormaz. Como un tipo de deidad buena, el agua tuvo un significado alegórico para sus habitantes, por considerarse la maravilla de la naturaleza y venerársele como tal. Por el contrario, aparecen los enemigos, los genios de la noche, que eran motivo de temor y repudio.

Todo esto es increíble, porque en una visita de tres horas redescubrimos nuestros orígenes, que albergan historia de nuestro pasado cultural y riqueza humana. ¿Qué redescubrimos? La amalgama de barro con olor a islam, mitos encantados de la noche, excelsitud de caballeros medievales y una civilización valiente y hasta hoy palpable en este lugar.

Cómo decirlo, que si a José Luis Perales América le huele a madera y a eterna primavera, a mi, Gormaz me huele a eterna historia medieval.

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