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La Guerra Civil I

La mirada del tiempo


Francisco Franco con oficiales y jefes de las guarniciones de Canarias, en un almuerzo celebrado en el Monte de la Esperanza, tras unas maniobras. ADALBERTO BENÍTEZ

Las raíces insulares de Franco

Por JUAN MANUEL PARDELLAS

La fría mañana del 17 de junio de 1936, unos militares secuestraron durante horas la central telefónica ubicada en La Esperanza, el último núcleo de población en la isla canaria de Tenerife, antes de acceder a la carretera que lleva al Teide (el pico más alto de España, con 3.718 metros). Nadie debía ni conocer, ni mucho menos comunicar, lo que iba a suceder ese día unos kilómetros más arriba. Numerosos coches se dirigían hacia la cumbre, todos en fila. Pararon en uno de los recovecos del monte de Las Raíces y de esos lustrosos vehículos descendieron los principales mandos militares del archipiélago. Así, al menos, lo relata ahora el historiador Gilberto Alemán.

Una veintena de jefes, oficiales y suboficiales bien conocidos en la sociedad insular, como el coronel Teódulo González Peral, el coronel Eduardo Pintado, Sánchez Pinto, Rafael Díaz Llanos, Juan Pallero o Martínez Fuste se reunieron con Franco (entonces comandante general de Canarias, destituido por Manuel Azaña cuatro meses antes como jefe del Estado Mayor del Ejército). Como testimonio para la Historia, queda una fotografía, ampliamente difundida y recordada, y un monumento conmemorativo que aún permanece ahí, en el mismo lugar de la cita, ajeno al frío y la lluvia de la cumbre.

“En La Esperanza no se habló de nada en particular, mucho menos de conspirar contra el Gobierno del Frente Popular”, asegura Juan Arencibia, coronel de artillería en la reserva. Arencibia ha conversado durante años “con cinco o seis” de los elegidos antes de que éstos murieran. “Les oía hablar muchas veces de aquella concentración y sonreían cuando se les preguntaba si Franco mostró en alguna ocasión su intención de sublevarse; la respuesta siempre era la misma: “aunque estaba en el ambiente la posibilidad de que pasara algo, sólo se habló del tiempo y de temas militares. De sublevaciones y de política, ni una palabra”.

“No hubo siquiera prácticas de tiro”, aclara Arencibia. “Era un almuerzo de adhesión, de unidad, pero no se habló ni de política ni de lo que lo que pudiera venir, entre otras cosas, porque el propio Franco era muy poco hablador”. Aún así, el historiador Gilberto Alemán defiende que “de allí sí salió el compromiso de salvar España; estaba rodeado de coroneles y generales por todas partes, deseosos de conspirar”.

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