El cierre desde 1994 de la frontera entre Argelia y Marruecos rompe familias, destroza economías y fomenta el contrabando. EL PAÍS recorre la herida de 1.559 kilómetros. Fotografías Uly Martin, Texto Ignacio Cembrero.
Mohamed Jaafar sirve el té en su casa del pueblo fronterizo Zaouia el Hajoui. Jaafar fue apresado, años atrás, por el Ejército argelino por intentar explotar con un pico una mina de sal al aire libre colindante con su aldea. “Los militares argelinos decretaron que la mina estaba en un “no man’s land” vedado y nos privaron de nuestro principal recurso”, se lamenta. Permaneció varias semanas en una cárcel de Béchar y (Argelia) fue juzgado por entrada ilegal en el país antes de ser expulsado.