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El cardenal Marcinkus, acusado de ordenar el secuestro de una joven

El Vaticano considera "una infamia" la denuncia contra 'el banquero de Dios'

MIGUEL MORA  -  Roma
EL PAÍS  -  Sociedad - 25-06-2008

La Santa Sede calificó ayer de "infamia sin fundamento" las acusaciones lanzadas contra el cardenal Paul Marcinkus por Sabrina Minardi, testigo principal del caso que indaga la desaparición, en 1983, de la joven Emanuela Orlandi. Según Minardi, el cardenal, que entonces era director del Banco Vaticano y que falleció en 2006, ordenó en 1989 a Enrico de Pedis que secuestrara a Orlandi, de 15 años, para que no revelara secretos de las finanzas vaticanas. Pedis fue amante de la testigo durante muchos años y era jefe de la banda de la Magliana (una mafia romana).

El proceso, cerrado en falso hace años, ha sido reabierto ahora, y el cartel original con su rostro angelical y la palabra "desaparecida" ha vuelto a las calles y los telediarios gracias a la declaración de Minardi, que tras la muerte del notorio capo Enrico de Pedis, llamado Renatino, se casó con el delantero del Lazio Bruno Giordano.

Minardi ha sostenido ante los magistrados que la muchacha fue secuestrada y asesinada por de Pedis cumpliendo órdenes de Marcinkus, porque su padre, Ercule, que era funcionario de la prefectura de la Casa Pontificia, había tenido en sus manos documentos comprometedores para el Vaticano que había visto sin querer.

Según la versión de Minardi, Renatino le contó la verdad bajo los efectos de la cocaína, sustancia de la que ella aún se encuentra en desintoxicación, y luego se llevó a la tumba el secreto que explicaba la desaparición y muerte de Orlandi. De modo que los investigadores barajan otra vez la posibilidad, ya negada por el Vaticano varias veces, de pedir permiso para abrir su sepultura.

Renatino, último gran capo de la hoy extinta Magliana, murió acribillado a plena luz del día el 2 de febrero de 1990 en la Via del Pellegrino, en pleno centro de Roma. Su esposa pidió permiso al vicario de Roma para cumplir su voluntad y trasladar sus restos a la iglesia en la que se habían casado. Lo consiguió, y en abril, sólo dos meses después de su muerte, Renatino fue enterrado en secreto en la basílica de Sant'Apollinare, que tiene alquilada el Opus Dei desde 1992. El vicario de Roma lo autorizó porque el difunto "fue generoso" con la basílica y sus pobres. El permiso concedió a Renatino un entierro tardío y discreto, pero digno de un Papa, pues según el derecho canónico sólo pueden ser sepultados en las iglesias "el romano pontífice, los cardenales y los obispos".

Quizá por eso el Vaticano reaccionó ayer con insólita virulencia contra el tratamiento "sensacionalista y poco ético" que ha dado la prensa a las acusaciones de Minardi.





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