La casualidad quiso que el tesoro de Atapuerca fuera descubierto. El mayor yacimiento conocido de Europa fue el lugar de paso de un ferrocarril minero a finales del siglo XIX y una cantera en los años sesenta del XX. Sin embargo, una década después, el azar propició el hallazgo de los restos fósiles y la creación de la excavación que, hoy, puede visitarse.
Por Aitor Ordax
Por un camino de unos 1.000 metros sin asfaltar, que parte desde las afueras de la localidad burgalesa de Ibeas de Juarros, se accede al corazón de la sierra de Atapuerca. La conocida como trinchera del ferrocarril, el yacimiento más famoso de los 180 hallados, se esconde tras una gran estructura metálica.
Antes de cruzar las puertas amarillas que dan acceso al largo desfiladero entre cuevas, al visitante le asalta la sensación de estar a punto de penetrar en una especie de Parque Jurásico. Pero sin dinosaurios.
Lo que la trinchera del ferrocarril alberga son páginas de la historia hechas de huesos y fósiles. Las paredes de esta gran zanja que atraviesa la cordillera, desde que una empresa inglesa trazara a finales del siglo XIX la vía de un tren minero, son mucho más que muros.
En realidad, son cavidades rellenas de arena, pero no sólo de arena. Entre los niveles estratigráficos -capas que indican a los investigadores la antigüedad de cada porción de tierra-, se ubican los sedimentos fósiles.
Los huecos más fructíferos de la trinchera son los de la Gran Dolina, una galería que en la antigüedad estuvo abierta al exterior, y la Sima del Elefante, donde se han encontrado los restos de presencia humana más antiguos de toda la sierra (de hace casi un millón y medio de años).
También hay otros yacimientos de gran riqueza arqueológica, como la Sima de los Huesos o la Cueva Mayor, pero estos están fuera de la trinchera y, por lo tanto, lejos del alcance de los visitantes.
Nuevos huesos
Cada verano -durante los meses de junio y julio- los investigadores limpian las cavidades de arenisca para obtener, metro a metro, nuevos huesos de los antiguos pobladores de este enclave declarado Bien Patrimonio de la Humanidad.
El último gran descubrimiento se ha producido en la Gran Dolina, donde aparecieron restos de un nuevo individuo de hace más de 780.000 años: el Homo Antecessor.
La visita a los yacimientos puede iniciarse desde Ibeas de Juarros o Atapuerca. En ambas localidades, se encuentran los puntos de recepción de visitantes, origen obligado de la excursión, y los aparcamientos para vehículos. A la trinchera del ferrocarril, por donde pasan 90.000 visitantes al año, hay que llegar en el autobús de la organización.
Es posible aproximarse en coche particular y observar la trinchera, gratuitamente, desde fuera del recinto, pero merece la pena pagar la entrada y escuchar las explicaciones de los guías que, cada hora, ponen al día de los hallazgos del yacimiento a los aprendices de arqueólogo que se atreven a traspasar las puertas del Territorio Atapuerca.