ELPAIS.com - Perú - 17/08/2007
Cerca de las 7 de la noche, en el cuarto piso de una de las aulas de la Universidad de Lima el piso empezó a temblar. Yo estaba dando clases. Intenté hacer memoria de algunas de las indicaciones de los simulacros de movimientos sísmicos, pero los recuerdos se hicieron difíciles. A pesar de eso todos mantuvimos la calma. Como vivimos en un país en el que los sismos son frecuentes solemos esperar a que el temblor pase. Es una pequeña esperanza que se mantiene como una luz encendida mientras percibimos corporalmente el mayor o menor rugir de la tierra.
En el momento del terremoto iba a cortarme el pelo. Era hora punta y el tráfico estaba abarrotado, como de costumbre. Sin embargo el "temblor" pasó a convertirse en terremoto cuando se hizo inusualmente largo. Fueron dos largos minutos que parecían una eternidad. No lo pensé dos veces y corrí hacia mi casa. Todo temblaba y la sensación de miedo se acrecentaba porque el cerro al frente de mi casa actúa como espejo de las ondas de este tipo de tenómenos naturales. En el aire se sentía una extraña electricidad y, a los pocos minutos, se vieron relampagos a los lejos.
Mientras la tierra temblaba, advertía que no se trataba de un temblor, sino de un terremoto que nos desafiaba aún más mientras los segundos llegaba al minuto, y por mi cabeza pasó la idea de salir lesionado y herido, pero no de morir, un pensamiento caprichoso de tal vez terminar paralítico o mal herido me aterraba cada vez más, cogí el MP3 y mis dedos se desesperaron por sintonizar la estación de noticias, hasta que lo logré y la primera información en vivo fue que el sismo continuaba hasta Colombia.
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