Barras y estrellas
The Duke & The King estuvieron soberbios en el V Heineken Greenspace
Con la asignatura pendiente aún de ver si la marca cervecera encuentra un recinto estable en Valencia, la quinta edición de Greenspace, la primera que se celebra fuera de su emplazamiento habitual y simultáneamente en otras ciudades, inició su programación con un programa triple de consistencia poco usual. A falta de algún cabeza de cartel de campanillas, la solidez de su listado de músicos internacionales es el mejor activo de un año considerado de transición.
Y bienvenidos sean los tránsitos si vienen prologados por bandas tan estupendas como The Duke and The King. La esencialista revisión del folk rock americano (Buffalo Springfield, Creedence) de Simon Felice quizá pierda algún matiz sobre el escenario, pero cobra a cambio una inusitada fuerza, apuntalada por cuatro músicos completísimos, capaces de intercambiarse sus instrumentos, cantar como los ángeles, honrar a sus mayores cuando se quedan cortos de repertorio (Helpless, de Neil Young) y, en síntesis, transportar con su cálido entusiasmo al espectador a una arcadia feliz en la que nada malo puede ocurrir. Estuvieron soberbios.
1ª Jornada del V Heineken Greenspace
The Duke and The King, Micah P. Hinson con Tachenko y Black Joe Lewis & The Honeybears. Tinglado 2 del Puerto. Valencia, miércoles 18 de noviembre de 2009.
Un vigor similar deparó el set de Micah P. Hinson con los zaragozanos Tachenko oficiando de aplicada banda de apoyo, pese a que su intensidad quedara cortocircuitada, para no perder la costumbre, por esas largas peroratas entre tema y tema a las que el tejano nos tiene acostumbrados. Aunque desfiguró el Yard Of Blonde Girls de Jeff Buckley, le echó ternura a Running Scared (Roy Orbison) o The Darkness (Richard Hawley) y reverenció a Leadbelly y Dylan (In The Pines y The Times They Are A Changing), lo mejor fue su escalofriante Patience final. El aplastante cariz norteamericano de la noche quedó sellado con el musculoso soul rock añejo de Black Joe Lewis & The Honebears, marcado a fuego por la impronta de Wilson Pickett. Su espectacular puesta en escena diluyó su impacto inicial conforme la homogeneidad de su discurso se fue imponiendo, siempre bajo una sonoridad tan ortodoxa como exquisita.
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