CAPITULO 3 Etiopía

El único niño en el mundo. En una región perdida de Etiopía, donde la tasa de mortandad infantil y materna durante el parto resulta alarmante, una adolescente se encuentra a punto de dar a luz. Así comienza esta sobrecogedora tercera entrega de la serie ‘Testigos del olvido’

Por Laura Restrepo Fotografía de Juan Carlos Tomasi

Colombiapor Manuel Rivas

8.00La Toyota 4×4 de Médicos Sin Fronteras viene haciendo lo que llaman outreach: visitas a comunidades aisladas que no tienen acceso a puestos de salud. Bajo el aguacero y por trochas rurales hundidas en barro, recorremos los alrededores del poblado de Mejo, en la woreda de Aroresa, al sureste de Etiopía. En mitad de la nada, sale de la lluvia una mujer. Empapada, temblando de frío, muy embarazada.

En realidad es casi una niña. Con un hilo de voz dice que se llama Barakat, que no sabe cuántos años tiene, que no sabe desde cuándo está encinta. Lo que sí parece saber es que no da más; viene exhausta. Ha caminado desde su caserío en busca de ayuda y ya no puede con su alma. ¿Qué será lo que pasa con esta chiquita, que despide un olor tremebundo?

Niños. Unos chicos corretean por un lodazal en los alrededores del poblado de Mejo, al sureste de Etiopía. Con 94 millones de personas, es uno de los países más poblados de África.

–Mírame, Barakat –le pide la partera–, contéstame, ¿cuántos días llevas con contracciones? Con los dedos, ella indica que dos, que tres, que dos, y se deja ir, hasta el borde del desfallecimiento. La devuelven por momentos las ráfagas de dolor, pero cuando la contracción amaina se desmadeja de nuevo, como si se rindiera. Hagan ustedes algo por mí, porque yo ya no puedo, dicen sus ojos muy abiertos, que hablan por ella porque ella no dice nada; apenas susurra como en rosario ese ay, ay, ay tan ancestral, tan casi animal, tan igual en todas las lenguas.

Un par de días antes, en el Museo de Antropología de Adis Abeba, hemos visitado a Lucy, primera hembra humana del planeta. Hola, abuela, la saludé, aunque también ella es casi una niña. Porque, pese a sus tres millones y pico de años, calculan que debió morir a los 25. Y qué pequeñita es, y qué graciosa, una mujeruca de apenas un metro diez, pero, eso sí, de andar airoso, porque le dio por inaugurar la costumbre de caminar erectos, y ahí va ella, muy resuelta en dos patas, o mejor dicho piernas que llamamos hoy día, y aquí vamos las demás, todo el mujerío del mundo, detrás de ella.

El lodazal alarga angustiosamente el regreso al centro de salud, y la partera examina a Barakat en la parte trasera de la camioneta

Y ahora somos miles y miles por esta carretera que tras 13 horas de viaje nos llevará de Adis al puesto de salud materno-infantil de Mejo. Y con nosotras van nuestros Selans, que así se llamó el primer niño; también a él lo vimos en ese polvoriento museo, acurrucado y aterido en otra urna de cristal. Madre mía, le dije a Lucy, igual a este crío, o por el estilo, debiste parir unos cuantos, y cuando le pregunté al guía cómo se sabe que Lucy es mujer, si está en los meros huesos, me respondió que por la amplitud de su pelvis. O sea, que eras caderona, abuela, como todas nosotras, y también tú debiste sufrir las agonías de parto, y fuiste la primera en defender con tu vida la de tus crías, tal como hacemos todas porque así nos enseñaste, Lucy leona, fiera invencible a la hora de impedir que desaparezcamos como especie.

Y ahora con qué palabras puedo yo explicarte lo que te resultaría incomprensible, pequeña abuela, que todo eso ha estado muy bien, pero en el fondo no tanto, la cosa no ha salido tan bien al fin y al cabo, porque eres el Alfa, sí, pero también el Omega, principio de la historia y a la vez anuncio de su estrepitoso final: tu conmovedor y generoso celo protector sobre la descendencia hoy amenaza justamente con lo contrario, con eliminarnos como especie. Por exceso, abuela, no sé si me entiendes, sucede que tus vástagos hemos llegado a ser tantos que ya no cabemos en casa. Nos hemos reproducido como conejos, pero qué digo conejos, peor que eso, si nosotros ya vamos para los 8.000 millones, quién puede imaginar siquiera esa cifra, y por si quedara faltando, cada minuto somos paridos 350 humanos más en esta Tierra.

Hace horas dejamos Adis Abeba y sin embargo la carretera sigue siendo un hervidero de gente, de burros, vacas y cabras, como si avanzáramos por entre un larguísimo mercado lineal, donde se venden y se intercambian cosas inverosímiles, latones, sillas desfondadas, medallas, camisetas del Barça, trozos de manguera, periódicos de ayer. Se recicla lo ya reciclado, se reutiliza lo que nunca tuvo uso. Los animales se apropian de la carretera; esquivamos vacas que sin inmutarse dormitan en todo el medio. Llueve sin parar, la gente chapotea entre el barrizal y hacen su agosto los chicos que trabajan de limpiabotas.

Es como si las goteras de Adis Abeba estiraran su tumulto kilómetro tras kilómetro, no permitiendo que el espacio se abra a las grandes sabanas silenciosas del África imaginada. Qué montonera de gente, no por nada Etiopía, que es uno de los países con mayores tasas de natalidad, ha triplicado su población en los últimos 40 años hasta casi llegar a los cien millones de habitantes.

Mujeres con la cabeza envuelta en altos tocados de tela, como coronas coloridas, deambulan por aquí, gallardas y esbeltas como reinas de Saba. Con razón se dice de ellas que bien pueden ser las más bellas de la tierra. Elegantes de por sí, sin marcas ni modas ni tendencias, y a cambio de eso dotadas de una natural ­desenvoltura y una dignidad imperial que logran arrancarle con las uñas a la pobreza. Y niños de pestañas de muñeco y mirada adulta, y todo el gentío por igual con el notorio rasgo común de sus grandes dientes: paradoja borgiana, la del Creador que les dio al mismo tiempo tanta dentadura y tanta hambre.

Y donde pongas el ojo ves mujeres y niños: Lucy y Selan han evolucionado y se han multiplicado a ritmo exponencial. Pero sus vidas siguen siendo cortas; si aquí la tasa de crecimiento es alarmante, también lo es la de mortandad materna e infantil. Esa es la razón por la cual MSF ha escogido trabajar en estas lejanías en puestos de atención para gente que de otra manera estaría aislada y librada a su suerte.

8.20El lodazal hace que se alargue angustiosamente el regreso hasta el centro de atención, y Merafe, la partera, examina a Barakat aquí mismo, en la parte trasera de esta camioneta, que, pese a ser híbrido entre tanque anfibio y bestia de carga, hoy a duras penas logra navegar contra los elementos. Merafe examina a la muchacha y ve que tiene una fístula: una herida profunda que permanece abierta, como un estigma. Le pregunta si hubo un embarazo anterior, el que la dejó lesionada.

La niña admite que sí abriendo mucho los ojos y achicando la voz, sí, un embarazo anterior, pero el niño nació muerto. ¿Nadie te atendió? Mi suegra. ¿Y estás mal desde entonces? Sí, desde entonces. ¿Y cómo es posible que no hayas venido antes a buscar ayuda? Vivo lejos, indica la niña, apenas con la mano porque se le va el aliento

“Cada niño que nace es una vida decisiva” Entrevista a la periodista Laura Restrepo, autora del reportaje sobre Etiopía para la serie 'Testigos del olvido'

Me dice Merafe que, al igual que Barakat, docenas de mujeres de zonas rurales sufren de este mal, la fístula obstétrica. Me da explicaciones técnicas. Me parece entenderle que aquello resulta de largos e improductivos trabajos de parto sin la atención debida, en una agonía que puede durar días enteros, mientras el bebé, al no poder salir, presiona contra la pelvis de la madre con la cabeza o las nalgas, con lo que puede presiona y presiona hasta que produce un desgarro y deja un agujero. El sufrimiento fetal es enorme, pocas las posibilidades de que el niño sobreviva, y si la mujer se salva, lo que le espera son las infecciones y la permanente incontinencia.

–¿Los tres agujeros que una mujer tiene entre las piernas convertidos en un solo y grande agujero? –empiezo a vislumbrar el horror que significa eso.

–Es una maldición para quien lo sufre – dice Merafe.

Afecta sobre todo a las que se embarazan muy jóvenes, niñas como esta, de 13 o 14 años, que quedarán baldadas, por lo general abandonadas por el marido y repudiadas por la comunidad, por incapacitadas y por el hedor que despide el permanente goteo de orines o heces. Las aíslan porque inspiran asco y entre ellas es frecuente el suicidio, que aparece como única salida. Pero así como es de cruel, la fístula es evitable. Puede prevenirse con la debida atención médica e incluso se puede curar mediante cirugía, siempre y cuando se tenga acceso a ella.

El niño de Barakat no logra salir. Es un torito que embiste, cansado de buscar escape dando cabezazos contra una barrera infranqueable. Ya lucha poco, se ha quedado sin fuerzas. A la muchacha habría que hacerla llegar enseguida a donde puedan practicarle una cesárea, pero el camino se borra bajo la lluvia y la camioneta no avanza.

Parirás con dolor, quisiera yo decirle a Lucy. A ti no debió advertírtelo nadie, pequeña abuela, pero así es, está escrito. ¿Pero tanto dolor? ¿Tanto tormento? ¿Tanta muerte evitable de la madre y del niño?

Me parece que Lucy me revira, ¿y no decías acaso que ya somos demasiados?

De acuerdo, reconozco, de acuerdo. Pero aquí, y ahora, lo único que me importa es que este bebé lo logre. Este bebé, este. Que este bebé salga vivo, y que esta chiquita que es su madre deje de sufrir y no muera, que le cierren esa herida espantosa y que se cure, que pueda seguir su vida y que su hijo crezca, y estudie, y conozca la felicidad, y llegue a ser un hombre bueno. Solo eso me interesa. Que la camioneta salga del fangal, que lleguemos a tiempo, Dios mío, que lleguemos. Lo demás, por ahora, son apenas cifras y fríos cálculos demográficos.

“Convencemos a cada una de las mujeres de que debe planificar su familia y le facilitamos lo necesario para que lo haga”, dice el coordinador de MSF

El puesto de salud de MSF no solo atiende partos; además desarrolla todo un programa de control natal.

–Educamos a las mujeres, a cada una la convencemos de que debe planificar su familia y le facilitamos lo necesario para que lo haga –me ha dicho Tsegaw, el coordinador médico del proyecto–. Esto es algo fundamental para nosotros, somos plenamente conscientes del drama de la sobrepoblación en esta área. Pero eso no obsta para que cada vez que atendamos un parto, pongamos en ello todo de nuestra parte, y lo hagamos como si esa madre y ese niño fueran los únicos sobre el planeta.

El único niño del mundo: fotografías "Mujeres con la cabeza envuelta en altos tocados de tela, como coronas coloridas, deambulan por aquí, gallardas y esbeltas"

9.00 Es entonces (¿o fue poco después?) cuando nos cruzamos con aquella procesión de gentes ataviadas con túnicas blancas de ribetes verdes, los hombres con gorros ceremoniales y las mujeres con adornos de chaquiras en la frente, alrededor del cuello, colgando de las orejas. Esto es tan irreal como en los sueños: un río de almas de blanco circulando bajo la lluvia y por el barrizal. Y vienen cantando, o rezando, y van hacia un lago, según me dicen, donde celebrarán la fiesta anual de la fertilidad. Pertenecen a la casta de los oromos y tributan al dios de las cosechas copiosas, le agradecen el envío de muchos animales, le ruegan por la fertilidad de sus mujeres.

No podía ser de otra manera: la vida en el campo depende de la abundancia. La escasez y la muerte van de la mano. Los hijos se necesitan como fuerza de trabajo. Y entonces, Lucy, dear, ¿en qué quedamos? ¿Cómo se maneja la disyuntiva, qué hacer en este callejón sin salida? Se lo pregunto también a Merafe.

–Yo conozco personalmente a varias de las mujeres que van en esta procesión –me asegura serenamente–. Ahora las ves todas adornadas para rendir culto a la fertilidad, pero en otras ocasiones las he atendido y sé bien que varias usan planificación familiar. Solucionan la contradicción a su manera.

  • Etiopia, con 94 millones de personas, es el segundo país mas poblado de Africa. Las carreteras y los poblados rebosan personas que van y vienen. Por JUAN CARLOS TOMASI
  • En el parto. Barakat, una adolescente de los alrededores de Mejo, durante su parto, de alto riesgo. Por JUAN CARLOS TOMASI
  • Recién nacido. Brhanu, el hijo de Barakat, finalmente sobrevive tras un masaje cardiaco. Por JUAN CARLOS TOMASI

9.15 Merafe introduce los dedos índice y del corazón en el canal del parto, los abre, los hace girar adentro. Es la medida que indica que hay 10 centímetros: la dilatación necesaria. El niño está en tercer plano, o sea, en periodo expulsivo, y eso anula la eventual posibilidad de una cesárea. Aun si llegáramos a tiempo, ya no podrían practicarla. Los dolores de la muchacha se vuelven insoportables. El niño sigue atorado y su latido se apaga por momentos.

El problema de la mortalidad materna. En Etiopía hay tres médicos por cada 100.000 habitantes. Más de 13.000 mujeres mueren al año durante el embarazo o el parto

10.20 No sé cómo hemos llegado, pero aquí estamos. A Barakat la llevan corriendo a la sala de urgencias, médicos y parteras revuelan a su alrededor, hay conmoción y tensión, ires y venires, y por momentos un silencio abisal: el que se instala cuando la partida parece perdida. Todo está en juego aquí: es cósmico y brutal este duelo entre la vida y la muerte.

Yo registro cada pinza, cada gesto, cada grito. No me separo un segundo del lado de esta muchacha que en la mesa de cirugía se debate en el filo: por momentos perdida, recuperada por momentos. No me atrevo a moverme, ni siquiera a parpadear, como si de mi vigilancia dependiera el resultado.

De repente, una nueva maniobra de la partera resulta eficaz, y como por milagro sale el niño. Muy quieto él, al principio, y pavorosamente callado. Viene agotado de una lucha colosal, y aún no sabe que ha triunfado. Pero como si comprendiera por fin de qué se trata estar vivo y habitar en este mundo, ahora sí, empieza a llorar, primero quedito, como ensayando, y después muy fuerte, afianzado en su grito de victoria. ¡Ya estás aquí, torito mío, ya pasaste el Rubicón, bienvenido seas, invencible abridor de agujeros con esa cabeza tenaz, ante la que no hay muro que se resista!

La madre respira hondo, y pregunta cómo está su hijo.

–Bien –le dicen–, descansa, que el niño está bien.

Ya pasó: salimos al otro lado. Yo por mi parte cumplí, y ahora sí, se me aflojan las piernas, la sangre huye de mi cara y se me van las luces. Antes de que acabe en el piso, alguien se da cuenta y me sostiene. Me sacan a tomar aire, me sientan en un banco, me traen agua con azúcar. Me ahorran el papelón de un desmayo. El bebé está bien, la madre también, del diluvio no queda sino una llovizna dulce y yo, sentada en mi banco bajo el alero, tomo sorbos de agua con azúcar y puedo mirar, ahora sí, el paisaje.

Llega a mis narices el olor a café recién tostado –deben de estar moliéndolo por aquí cerca– y observo la belleza sobrecogedora de las fértiles montañas cafeteras. Pero si esto es igual a mi Colombia natal, pienso, y me siento en casa. Ya conocía yo este vaho aromático de tierra mojada, y este mismo verde oscuro de los cafetales, con su manera de entreverarse en el subibaja de las lomas con el verde-amarillo de las matas de plátano. Como si fuera poco, detrás de la llovizna asoma un sol blanco y un arcoíris radiante enmarca el frío de la mañana. ¿Cursilería de tarjeta postal? Pues es estrictamente cierto; pueden dar fe el Javier y el Tomasi, mis compañeros de viaje, que también lo están viendo.

Y pienso en ti, vieja Lucy, tú que eres el Alfa y el Omega, tú Madona y tú Pietá, contigo empezó el drama inmemorial de la raza humana, esta paridera y esta moridera en que andamos montadas, tú, yo, esta nena Barakat que ayer por poco se nos muere en la Toyota, pero que hoy amanece lavada y sonriente, con un vistoso tocado de tela amarilla que la hace ver todavía más joven: apenas una niña. Una niña contenta. En unos días van a transferirla a un hospital especializado en cerrar fístulas obstétricas.

Barakat abraza a su bebé y lo arrulla.

–¿Qué nombre le has puesto? –le pregunto.

–Brhanu –me responde.

–¿Brhanu?

Brhanu quiere decir luz –alguien traduce.

Yo miro a la madre, miro a la criatura, y diría que llega por el aire aquella nana de Salinas, “y parece que se siente rodar la tierra muy lenta, sin más vaivén que el preciso para que se duerma el niño”.