RAMÓN LOBO | Kabul 02/11/2009
Palwasa tiene 20 años y es defensa central. Se mueve con autoridad, anticipa muy bien las jugadas y tiene buen toque de balón. No ha oído hablar de la película 'Quiero ser como Beckham' porque nunca va al cine
Roohulá sueña con estudiar empresariales. Su obsesión es viajar a Canadá
Existe un triángulo entre Afganistán, Pakistán y Cachemira del que los medios de comunicación escribimos y hablamos mucho. La imagen que proyecta tanta información es la de unos territorios habitados por gentes que dedican una parte considerable de su tiempo a hacerse la guerra en nombre de dios o del diablo
Al oído le cuesta a veces acostumbrarse a las músicas extranjeras, que la cultura universal no existe, es la nuestra que se vende en todos los mercados.
Cuando Zabur mira al cielo no ve dioses ni princesas ni dragones ni sueños, sólo ve un vacío preñado de nubes y vientos en los que un buen volador de cometas sabrá jugar con la altitud y los cambios de dirección exactos para cortar las de los demás.
En este cementerio no hay muertos que caminan. Los occidentales somos así, nos morimos tan ignorantes como vivimos
Cada guerra tiene un oasis amurallado. En Afganistán se llama hotel Serena
Más que herrero parece un preso, un émulo crecido del niño del pijama de rayas. Lo suyo no es el nazismo y los campos de exterminio, sino el destajo y la muerte lenta entre vapores insanos, martillazos y calor.
Afganistán no es un país para heroínas que decidan escapar del 'burka' de sus madres y abuelas y retarle a la tradición desde profesiones poco adecuadas
Kabul, de noche, es un rún rún de generadores, una ciudad oscura en la que los focos de los coches descubren la cortina de polvo que cada día se mete en los pulmones de la gente y en los ojos
En ciudades como Kabul, donde no hay fotomatones, surgen tipos singulares como el que se gana la vida en la calle sacando fotos de carné
Kabul no es Madrid, pero Madrid en algunas de sus calles podría ser Kabul. Aquí no rugen grandes máquinas excavadoras obsesionadas con multiplicar los aparcamientos.
La capital afgana está inundada de vendedores callejeros, muchos de ellos niños que no acuden al colegio por ayudar a su familia
Amin Jon tiene 30 años y es banquero a su manera. Lo suyo no son las grandes operaciones bursátiles ni financiar OPAS hostiles
El miedo a la gripe A se extiende también en Kabul
El tráfico de Kabul es una demostración de lo que es una sociedad en la que cada uno negocia constantemente los límites
En la entrada principal del centro ortopédico de Kabul -uno de los seis del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) en Afganistán- se alinean decenas de pacientes en una bancada de hierro.
Parece un espacio mágico arrancado de El Cairo de Naguib Masouf o el Bagdad de Las mil y una noches, un remanso de paz en el que no se escuchan los cláxones.
Detrás de unas elecciones desastrosas, de la guerra constante desde hace 30 años, los coches bombas y los cohetes recientes sobre la sureña ciudad de Kandahar, la vida siempre se empeña en descubrir otros caminos.
El Obama afgano no es negro sino de origen mongol, que también es un problema. Se llama Ramazan Bashardost, tiene 45 años, pertenece a la etnia minoritaria de los hazaras.
Las barberías de Kabul tienen la culpa de que todo esté saliendo tan mal en Afganistán. De que la guerra contra lo que parecía una banda de desarrapados con turbante y Kaláshinkov de tercera mano vaya por mal camino.
Malalai Joya tiene un serio problema: la quieren matar. Esta mujer menuda, de 35 años, casada, sin hijos, diputada sin escaño y que vive en la clandestinidad, es uno de los símbolos de la lucha de la mujer afgana.
Un pequeño ejército de niños pobres y algo sucios patrulla por Chicken Street en busca de extranjeros. No son peligrosos, sólo cazadores de recompensas con un radar en los ojos.
Winston Churchill dijo que EE UU y Reino Unido eran dos países separados por un mismo idioma. Sucede también con los padres y los hijos; los hombres y las mujeres.
El día de las elecciones, cuando todos tenían miedo a las bombas de los talibanes, Abdul Shokon se despertó como de costumbre a las tres de la madrugada.
En los países donde se puede morir por cualquier causa, sea de salud o armas, no se fuma o se fuma poco. Sucede en África. Allí sólo aspiran tabaco el hombre blanco y los negros que lo imitan.
En Charicar, un bullicioso pueblo tayiko a los pies del valle del Panchir, es día de mercado. En víspera de la fiesta nacional afgana, que se celebra hoy, hombres, mujeres y niños ocupan sus calles...
El zoológico de Kabul es tan pobre como el país que lo acoge. El taquillero Freidum está sentado al otro lado de la ventanilla sobre una silla desdentada.
Los restaurantes de comida afgana en Kabul no tendrían mucho éxito en España y hasta es posible que las autoridades sanitarias los clausuraran por falta de higiene.
Rugula tuvo poco trabajo ayer en la barra de L'Atmosphere, el bar-restaurante de Kabul que los talibanes han señalado como candidato a ponerle una bomba.
La ciudad vieja de Kabul, al otro lado del monte de la televisión, huele a polvo y arena. En 2001 parecía Grozni o Dresde: una alfombra de edificios derruidos en los que no cabía una bala ni un muerto.
Ryszard Kapuscinski tenía una manía en sus viajes: personalizar la habitación del hotel en la que iba a pasar tiempo durante una cobertura informativa.
La noticia del accidente del fotógrafo Emilio Morenatti y del camarógrafo indonesio Andi Jatmiko en una carretera de Kandahar ha conmocionado a la creciente colonia de periodistas en Kabul.
Quien inventó el miedo inventó el negocio. Y la guerra es uno de los mejores para los que no hacen cuentas con la conciencia. Kabul, como antes Bagdad, se está llenando de guardias privados armados hasta los ojos.
La capital de un país acostumbrado a las guerras es una ciudad sucia y caótica tomada por el tráfico y los bocinazos. Se nota que no existe la costumbre de seguir las normas.
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